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Reynaldo Sietecase

Fragmentos del libro

"LOS BARES: barcos en tierra"

EDITORIAL FUNDACION ROSS



LA MUSICA DEL AZAR
(BAR CENTRAL)

      Los dados se golpean el rostro dentro del cubilete de cuero. Emiten una música ancestral y después ruedan sobre el paño gastado. La suerte va y viene, dirán. El azar es el punto con el que se pierde una jugada. El lado oscuro de la esperanza. Viene del árabe y, es seguro, que en aquellos primeros cubos de marfil que rodaron sobre la arena del desierto calcinante había una flor tallada. Cada día en el enorme salón de Mitre 553 se disparan los mismos misterios que alguna vez llevaron a un beduino a perder una mujer y sus mejores camellos a manos de un jugador tramposo. Algo menos doloroso que perder el alma como le ocurrió a un viajero veneciano en el siglo XVI. Sobre el fin de milenio y sin tantas derrotas que presionen en el Bar Central la amistad se construye en infinitas partidas. Dominó, Generala, Billar, Ajedrez, nombres que suenan como lo que son: un desafío.
      Podría afirmarse que el Bar Central ha regresado desde el fondo de la historia. A comienzos de la llamada "década infame" reinaba en la esquina de Rioja y Corrientes. Tenía, por entonces, las características de una confitería bacana. Los hombres calzaban sus trajes oscuros, a rayas, con delicada elegancia y tenían el sombrero de fieltro pronto para el saludo.
      En las mesas se cruzaban los licores con el té o el chocolate con masitas de las damas. Sobre el mediodía o al atardecer, el cocinero se lucía con una rara especialidad: vermú con pajaritos. "Los inocentes bichitos eran adquiridos en grandes bolsas ya listos para cocinar", recuerda un memorioso asistente a esas tertulias. Luego se freían en aceite o con la grasa del jamón. El platillo acompañaba, junto a los ingredientes tradicionales, el insustituíble vermú. Los Gesualdo fueron los dueños de esa primera versión del Bar Central.
      Despúes de peregrinar por distintos locales, en marzo de 1979, los descendientes del primer propietario, Antonio y Enrique Gesualdo, conformaron una sociedad para resucitar el negocio. Para esa empresa adquirieron "2x4", un salón amplio que se utilizaba para bailes con orquesta. Ahora la dueña del negocio, ya definitivamente encallado en Mitre al 500, es Myriam Micino.
      El edificio esta infectado por las probabilidades. La concurrencia es numerosa y no es difícil diferenciar a los adictos al juego de los simples simpatizantes. Cerca de la entrada y los ventanales, se ubican las mesas de ajedrez. El movimiento de los trebejos es nervioso, tiene el ritmo del tiempo que se agota. Se juega en partidas relámpago de cinco minutos. Hay por lo menos tres mesas que se diferencian por el nivel de los jugadores. Ni los maestros locales e internacionales ni los aficionados pueden resistir la tentación de deslizar sus yemas sobre estas piezas gastadas.
      En el año 470 a.C. en la India, el ancestro del ajedrez se llamaba chaturanga. Del juego participaban cuatro personas cada uno con un pequeño rey de marfil. El final era resuelto con un dado. En oriente se llamó juego del elefante y en Japón, Go. Después llegó a Persia y fueron los árabes los responsables de expandirlo por el mundo. En el siglo XV tomó su forma definitiva. Sobre fin del milenio, con un ritmo alucinado, así se lo juega en el Bar Central.
      "El ajedrez no se defeca", dice el poeta Sebastián Riestra y es verdad. Las consecuencias de su ingesta desmedida difieren según el organismo. Algunos parroquianos permanecen hasta 10 horas frente a los tableros. A otros hay que retirarlos a empujones amables y comprensivos. Desde hace 20 años, por ejemplo, "Pipitito" y "El soldado" disputan una partida interminable que tiene picos de tensión impredecibles.
      Detrás del juego ciencia están las mesas de dominó, las de naipes (truco, mus, codillo) y las que reciben los dados. Todas ubicadas en forma paralela a la barra, las mesas de dominó se asemajan a reuniones de gabinete. Concentración extrema, intercambio de gestos, discusiones acaloradas. Las bebidas se sirven en mesas ratonas para evitar las repetidas volteretas de las copas. Un rubro aparte merece la enorme mesa colorada donde sólo se sientan quienes integran una extraña cofradía.
      En los dados tampoco hay calma. Todo empieza con la disputa del cubilete favorito. Los que tienen sus cábalas, empiezan a jugar desde antes de sentarse a la mesa. Cuando se disponen a esconder, la noche anterior, el recipiente que los ha "bendecido" con la fortuna en una partida. En una sóla revisión el cronista descubrió cubiletes detrás de las botellas de whisky --la bebida que más se consume, después del café-- ubicadas en una estantería; uno detrás de un matafuego y hasta uno metido dentro de la coctelera. "Es un jardín de infantes para adultos", afirma convencido Carlos Pereira, uno de los mozos. Pereira y su colega, Ricardo Chiaza, son testigos de las bromas que se cruzan estos hombres en tránsito hacia el niño por el camino de los juegos.
      Ver una mujer en el Central es una rareza. Como la mayoría de los bares que tienen billares, las mujeres sólo irrumpen en un momento de ira en la búsqueda desesperada de un marido. Las mesas donde circulan las bolas no pocas veces han servido de refugio en una crisis conyugal de la que después, prudentemente no se habla. "En las seis mesas del fondo" se juega Casín, 25, a tres bandas. Sobre estos paños posaron su palma billaristas notables. Se arriesga un café, el costo del alquiler de la mesa y el diálogo a veces feroz y otras fraterno.
      Los parroquianos defienden la austera escenografía del boliche y abortaron cambios e innovaciones en la pintura. Las paredes de un amarillo opaco y el techo marrón oscuro, como el cielo en una noche cerrada, perduran ante cualquier iniciativa arquitectónica.
      Para tener un lugar en el Central que evite el paso de ráfaga del tiempo, los mozos sugieren: cultivar la amistad, respetar los códigos secretos del azar, beber sin ansiedad y ser discretos.

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EL OLIMPIA

      El bar de billares navega todavía. Resiste los embates de los videogames y las hamburgueserías. Como el vientre cálido y húmedo que nos lanzó a la vida se alimenta y crece con cada regreso. Las bolas que se buscan y rechazan sobre la verde planicie de las mesas confirman lo que cuento.
Algunos memoriosos ubican la inauguración del Olimpia en 1917. Otros afirman con entusiasmo que asistían al bar, que originalmente se levantaba en Rioja 978, en la década del 30. Un parroquiano confesó, entre sollozos, que en 1928 tuvo un romance con una violinista de la Orquesta de Señoritas que animaba en turnos a la concurrencia y que la relación terminó por la férrea oposición de su madre que aborrecía a los artistas.
      Pero fue el billar lo que le dio verdadera dimensión popular. El 21 de noviembre de 1938 comenzó sobre sus mesas el Gran Campeonato Rosarino de billar, que tuvo nada menos que 150 inscriptos. Luis Fernández, por entonces dueño del boliche, contrató a Pablo Acatti para que brindara exhibiciones y coordinara el torneo. Según las crónicas, Acatti logró una bolada de 1209 carambolas. No faltó quien le atribuyera al jugador un pacto secreto con el Angel Caído, por su endiablada manera de deslizar el taco.
      Eran los años de la "Gran Academia Olimpia" y las tardes tenían el ritmo vertiginoso que se imponía sobre los paños. Tres mesas arriba y diecisiete abajo completaban el paisaje. De aquí surgió su nombre definitivo: Olimpia, Los 20 billares.
      En marzo del 39 se entregaron los premios: tacos desarmables, juegos de ajedrez, boquillas, relojes, corbatas, camisas de seda, lapiceras de pluma fuente. Los torneos se reiteraron con éxito en los años posteriores. La fama del café se extendió como el fuego en la paja seca. Fue café, club y academia. Casa, barrio y ciudad fraternal de límites distinguibles entre el humo y los gritos.
      El billar cumple con los requisitos de la amistad. Une a todos como una bandera y al igual que el fútbol no reconoce clases sociales, raza ni pelaje. Fue la época de gloria. El Olimpia convertido en templo del casín. Y los rituales que comenzaron a celebrarse con pasión y paciencia.
      Por 1947, recala en sus mesas --junto a su amigo el músico Edgar Spinassi-- quien se transformaría en uno de los parroquianos más notables del Olimpia: el escritor Jorge Riestra. Su obra está atravesada por esas historias que se cruzan en los salones de billares. "El café es como un país. Es un lugar no comprometido salvo con el propio código que el café de billares se inventó. Es un lugar pacífico. Hay lealtades. Nadie rompe ese código. Los hombres se sienten libres, dejan fuera la vida de todos los días y entran al ocio --confiesa el maestro-- por ejemplo, ninguna mujer los busca allí. No hay presión externa de ningún tipo. Y aún en la crisis hay un lugar para la risa".
      El billar es una religión que se practica con devoción hasta en estos días de alucinaciones televisadas. Los torneos internos del bar congregan en la actualidad a medio centenar de oficiantes en un fin de semana.
      Por aquellos años brillaban sobre los tapetes, entre otros: Montenegro, Ruiz, Piccolino, Ricci, Martín, el zurdo Díaz, Lobizzolo, Verón, Calderón y Ferrari. Ricci se dedica también a reparar los paños como un acto de fe en las carambolas.
      Entonces el tiempo no lastimaba. Los vermú bien servidos coronaban las discusiones. Gancia con Campari, Cinzano con Fernet o con simples toques de limón. La gente se encontraba como en una fiesta. Se podía observar a bebedores sorprendentes como el turco Antonito Hassan o Esteban Rosillo.
      El elegante Hassan fue un astronauta de la barra, un hombre generoso de garganta que decidió cambiar de billar después que el país le matara los sueños. Era porteño. Dicen que nunca había trabajado y que vivía de rentas. Se pegó un tiro en un hotel. Para sus amigos el tipo se fue a beber a otro lado.
      Como muchos parroquianos, Jorge Riestra se trasladó junto al bar cuando el negocio pasó a su actual emplazamiento en Maipú 738. Cada noche el bar lo recibe como a uno más de sus hijos. La mudanza fue en 1978, Angel Cristóforo y don Arce, a cargo del bar desde el 65, imaginaban otro futuro posible detrás de la mesada. Los hombres del Olimpia se movieron. "Los que no están es porque sacaron pasaje", asegura Hipólito Pololo Aidar, un habitué del bar, en obvia referencia a los que partieron para la quinta del Ñato.
      El local de calle Maipú es amplio, pero no tanto. Adelante están las mesas frente a la barra (de donde nadie cuelga), hay luz tenue --esto es un atributo-- y el televisor que permite seguir el fútbol y las peleas de box. El trato es personalizado y afectuoso. Se bebe café, vino tinto y cerveza. Rubén es uno de los mozos y carga con la historia de gastronómicos memorables como Valdez, Ludueña y Aldo Ame. Tipos experimentados a la hora de luchar con expertos en garroneos.
      --Te quedó un café de ayer
      --Calentalo porque debe estar frío.
      Los lances verbales entre los mozos y sus clientes son rápidos y cortos. Los dueños no son nuevos: Marcelo Cucchiara, nieto de don Cristófaro; Nicolás Cristófaro y el sobrino de don Arce, Marciano Godoy, un paraguayo que empezó como empleado y ya lleva una vida en El Olimpia. Se completa así la cofradía.
      Hacia el fondo están las siete mesas de billar, una detrás de la otra. Se juega como siempre, por lo menos por el dinero del partido y los cafés. Aunque la malaria ha restringido los desafíos más osados que cortaban la respiración en otros días felices.
      Esas rutinas reúnen a un clan inclasificable: Pennise, Di Giorgio, Pirucho, Fernández, Andrés, Nasar, Sosa, Pololo, el chino Pita (un excelente boxeador medio mediano, que llegó a ser campeón argentino y latinoamericano), y a tantos otros. "Esto es como mi casa"; "el bar es una enfermedad"; "no puedo estar sin venir", sueltan al voleo. Los unen el fútbol, el boxeo, las copas y el billar.
      Han elegido el mismo refugio para escapar de la tormenta.

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BAR EL RIEL
(uno de los tres bares y almacén de Rosario)

      Estamos hablando de una plataforma. Un vagón comedor que ha perdido la locomotora y quedó anclado en la esquina de Rivadavia y Pueyrredón por misteriosas razones. Tal vez la vieja máquina 557 que descansa a cien metros de allí, su sueño imposible de futuro, haya sido su madre. El lugar ampara a los hombres de manos duras desde hace 80 años de los patrones fastidiosos, del sol en verano, del frío mortal de julio a orillas del río. A pesar de la crisis, El Riel se abre como un abanico. El movimiento es importante en la mañana, café con medialunas o bizcochos, el diario, un pucho y, porque no, un fernet en la barra o una ginebra en las mesas para empezar a trepar la cuesta del día.
      Santiago Olmos tiene un delantal azul y una sonrisa amable. Desde hace medio siglo recorre el perímetro de este lugar. Su padre Justo Olmos, un español nacido en Segovia, le compró el local en 1942 a un amigo de apellido Navarro. Don Justo llegó al país desde su Aguila Fuente natal y comenzó a trabajar en el ramo gastronómico. Primero tuvo un bar en el mítico barrio de Pichincha, en Suipacha y Guemes; luego se trasladó a un negocio de Rioja y Dorrego para recalar después, en la década del cuarenta, en El riel. El boliche tiene este nombre desde su fundación estimada en 1915. La primera habilitación municipal es contundente: El riel, despacho de bebidas, almacén y forrajería. "Cuando llegamos con mi padre todavía existían algunos panes de pasto", recuerda Olmos.
      La vitrina que dividía el almacén del bar está ahora recostada sobre la pared que da a calle Pueyrredon. Todavía conserva su hermosura y una interesante colección de botellas. Santiago recuerda que en los "años pesados" del bar, cuando se jugaba a los naipes y en cualquier momento podía comenzar una pelea, dos trabajadores del puerto protagonizaron una gresca que terminó con todos los vidrios del mueble. Por entonces, a los parroquianos revoltosos se los sancionaba con suspensiones temporarias o vitalicias y todo volvía a la calma.
      La familia Olmos trabajaba en pleno. Justo atendía junto a su mujer, Carmen y sus dos hijos. Santiago era el encargado de repartir los productos a bordo de un triciclo que solía volcar por el desparejo empedrado de piedra. Llevaba los pedidos que previamente eran imputados en una libreta. En esos cuadernos se encuentran encargos melodiosos: toscanitos Regia, alpargatas, panceta, vino, grasa, sifón... Esto debía el señor Serafín Alvarez en abril de 1945. Su deuda produce una secreta envidia, y bien vale un brindis.
      El riel fue siempre un bar de trabajadores. Ferroviarios, canillitas, portuarios, empleados de las desaparecidas Bodega El Globo y la metalúrgica Prumay. A los que se sumaron con el tiempo, los médicos y paramédicos del Servicio de Emergencias municipal, los empleados de la distribuidora de Clarín y los vecinos con tiempo. También los dueños de oficios prestigiosos, como los maquinistas y bancarios, solían recalar en su barra para "darse dique" ante la concurrencia con sólo exhibir el ejercicio de sus tareas cotidianas.
      Era una época blanda, los hombres del puerto tenían el alma mojada por el río, y había que embuchar una caña para resistir la helada de la mañana en las Unidades 26 y 27. Por lo menos, esto decían los inmigrantes polacos que pasaban por El riel con devoción religiosa antes de las 8. "Entonces mucha gente desayunaba con una copa de alguna bebida blanca", confiesa Olmos. Sobre el mediodía los almuerzos de 20 minutos volvían a reunirlos en derredor de suculentos sánguches de salame y queso, regados con vino Tomba.
      El ambiente todavía recuerda la figura varonil del Paisano Díaz, guapo entre guapos, bebiendo lentamente junto a uno de los ventanales. Con la mirada perdida en la calle, apenas respondía con un movimiento de cabeza a los saludos de los parroquianos. Comenzaba la década del 50, se sentía viejo y este era un cálido refugio en el borde mismo de lo que fue su territorio: Pichincha.
      Las estanterías recuerdan esos días. Los cajones para guardar los fideos sueltos y la yerba. Las botellas que se apilan como un ejército son testigos de éstas extrañas misas de la amistad: Grappa Valleviejo, Cinzano, Fernet, Vinos, Apricot, Caña de durazno, Anís Ocho Hermanos, Licor con grappa y miel Rondini, Cubana sello verde y otros brebajes amables.

      El cierre de la Estación Rosario Norte lo ha afectado pero no alcanzó a enmudecer el sonido de las copas. "Servime un capu", exige un cliente tempranero. En el lenguaje del bar: un capuchino en vaso. "Una cañita Olmos", pide otro. En el sector de calle Pueyrredón, algunos chicos entran en busca de golosinas. Celina Olmos los atiende con afecto. Un cartel laqueado reza: "El mejor café La Virginia". En este lado, se lucen las mesadas de mármol, las latas, los colores del almacén bajo el sol que se filtra por las tres puertas del local.
      Desde 1965, Santiago está a bordo de este vagón extraviado en los afectos. En la reiteración encuentra la alegría. Abre a las seis, sirve café, vuelca cerveza en los corazones como una promesa. Conversa, despacha fiambre cortado en fetas, azucar, cigarrillos.
      Cierra las puertas cerca de las diez de la noche. Sólo cuando el hombre de sombrero de apellido Díaz vacía su vaso de vino y oculta su figura en las sombras.

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Bar: La Buena Medida

      Lugar de conspiraciones. Vértice libertario que levanta su estatura demasiado cerca de los poderes. La Catedral y el Palacio de Gobierno le cierran el camino hacia el río a los que beben y buscan los declives del asfalto para volver a sus escondites familiares. Es un elefante centenario que no puede pasar inadvertido para los tiernos de corazón. La Buena Medida se abre como un abrazo sobre la esquina de Rioja y Buenos Aires.
      El tano Silvio Luise y su mujer, María Troiano, recalaron en este edificio construido en 1897 como un mandato del destino. El matrimonio napolitano venía de regentear distintos bares, entre otros, el mítico "Río bar" de Buenos Aires 881 que administraron hasta 1978. Un año después se hicieron cargo de La Buena Medida que ya entonces era una marca registrada.
      Hasta mediados de la década del sesenta, "la Buena" funcionó como Almacén y Bar al mismo tiempo. Dividido por una enorme vitrina de cristal donde se alineaban botellas de colores profundos, el local volcaba hacia Rioja el expendio de mercaderías y sobre Buenos Aires, el despacho de bebidas. Por ese entonces, los dueños del boliche eran don Castro —Mister Magoo para los parroquianos de ayer— y la bella Maruja. Las características de la relación entre ambos se ha perdido en el tiempo como vino derramado antes de llegar a la mesa. Después se hizo cargo del negocio el polaco Pedro Polesko y más tarde Rico y Santiso. Por aquellos años comenzó a consolidarse la reputación del bar al ritmo de la mágica fórmula "bueno y barato".
      La doble función de almacén y bar concedía a los hombres el argumento justo para la fuga en horarios inusuales. Las compras de yerba o azúcar suelta, imponían una escala en el ala izquierda del negocio. Allí había tiempo para el café, el chop o el vermú, complementados con abundantes picadas servidas sobre papel. Era un tiempo blando donde las botellas se quedaban en las mesas hasta el final del consumo. La Buena Medida comenzaba a perfilarse como un punto referencial de encuentros.
      "Es el bar que tiene el ambiente más amplio y diferente", dice Roli Lozano un parroquiano que concurre al bar desde que tenía 14 años. Los buenos precios ayudan a conformar esta Babel gastronómica. "Aquí siempre encontrás a alguien", apunta Pocho Vocos, uno de los históricos del boliche. "Vengo desde que trabajaba en el Correo hace 43 años", confiesa.
      Todos los consultados confirman el éxito de la muletilla que dirigió los pasos hacia esa esquina durante las últimas décadas, como si se tratase de una consigna revolucionaria: "Vamos a la Buena". En distintos momentos, a la vez, coincidiendo por azar —si es que las coincidencias no son encuentros prefijados— en grupo, por soledad, como un ejercicio fraterno, sin razón aparente, se atropellaron en sus puertas: hippies, jubilados, rockeros, empleados del correo, mujeres de todas las edades, militantes políticos, estudiantes, malandras, artistas, funcionarios, poderosos y humildes.
      "No había tanta represión en el país", reflexionan algunos jóvenes. El café más barato de la ciudad y las milanesas gigantes son la combinación perfecta para mantener cualquier debate serio. Un porrón, el condimento ideal para organizar un recital de rock. Y un té solo, el prólogo cursi para un mal poema o una carta de amor jamás despachada. Cuentan que en el lugar se organizaron los actos de protesta que fueron bautizados como Rosariazo en 1969 y que también allí se decidió la toma de la Municipalidad en la década del 30 y el robo al Museo Estévez.
      En verano tres grandes ventiladores acunan con un murmullo agradable. En invierno se apuesta al sol como esperanza en las mesas que custodian las ventanas. Los carteles de cartón trazados con fibrón rojo están dispuestos en forma cabalistica: porrón, té solo, sánguches, café. ¿Qué enigma encierran? ¿Qué mensajes del alma pueden rastrearse en esas palabras en principio inconexas?. Juan Carlos, el mozo más viejo del bar, se niega a revelar las claves de este juego misterioso que contribuye a la estabilidad de los precios.
      Las milanesas requieren un párrafo aparte. Hay quienes aseguran que crecen bajo el pan francés o la cobertura del torpedo (ese pan disfrazado de medialuna). "Son el almuerzo perfecto y la cena justa", exagera un fanático. "Son para compartir", dice una adolescente con cara de boba. Lo cierto es que "las milas" permiten engullir y pensar. El estómago tiene razones misteriosas.
      A los 76 años, don Silvio Luise sigue al frente del negocio. El napolitano se apoya en la barra y sonríe conforme. Además de su mujer, lo secundan su hijo Miguel, el tío Pascual y su nieto Pablo. El abuelo guarda sus secretos.
      La Buena Medida es uno de los pocos bares donde se puede beber un exquisito licor, llamado "pis de brujas" por los poetas del puerto: el "Strega". Originario de Benevento, en la provincia de Avelino en Italia, el líquido amarillo fabricado por Giuseppe Alberti se destaca en la vitrina. Dicen que beberlo en pareja precipita adioses y bienvenidas. En soledad, calma la ansiedad y neutraliza la acción de las malvadas hechiceras que vuelan como un azote por los cielos de Rosario.
      Reparar el ánimo entre estas paredes es un ejercicio sabroso. Beber con amigos es una hipótesis de conflicto para los tristes.
      Al toque del puerto, navegan estas mesas que permiten apoyar los codos y los sueños frente a un vaso sin fondo.

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Reynaldo Sietecase

Fragmentos del libro
"LOS BARES: barcos en tierra"
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