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EL DESIERTO
por Enrique Záttara

"Quizá esté en el momento en que vivir es errar en completa soledad al fondo de un momento ilimitado, en que la luz no cambia y todos los residuos se parecen ."

Samuel Beckett

En Sbá la muerte tiene un tono
que rueda al vacío desde arpegios convulsos,
un tono callado como el viento que modifica el paisaje.

Sólo la muerte, sin embargo,
cambia algo. Ya no hay paisaje, no hay
punto de vista desde donde ejecutar la música.

Hasta tanto, sólo el viento:
feroz simún o la calma brisa de ciertas horas
y el sol de plomo sobre el ereg desierto.
Cambia el paisaje:
aquí y allá crecen y se derrumban dunas estriadas
como el fantasmal vaivén de un mar en cámara lenta.

A veces, una caravana atraviesa la aridez
dejando leves huellas que se borran a su paso.
Los hombres se detienen, hacen fuego,
elevan las plegarias a sus dioses.
Al cabo, demasiado rápido, retorna el silencio.

El viento no corroe:
sólo mueve de aquí para allá las arenas gualdas,
como nieve de oro sibilante.

Hasta que el momento llega.
Sólo sabemos que por fin la música ha cesado.
Ignoramos si es apenas un compás vacío
detrás del cual se abre simplemente un nuevo
paisaje inmóvil.

EINSTEIN

La hoja se bambolea al juego del aire,
luz, sombra,
luz, sombra,
el viento la mece.
Sobre la hoja avanza trabajosa la araña de patas finas:
un solo camino recto traza sobre las nervaduras.
Luz, sombra,
luz, sombra,
entra y sale de ellas
al compás isócrono de su posadura.

¿Quién sabe cuál es la verdad de todo esto:
el tenaz empecinamiento de la araña,
la hoja mecida al viento,
la cerca y tras de ella el paisaje luminoso
donde el árbol es apenas un detalle indiferente?

ATROCIDADES

A la hora de pensar,
pienso en una escena del bando de los buenos:
una iglesia románica en no se qué pueblo de España
y en el atrio, desclavados como siniestros barcos con
las cuadernas vencidas,
ataúdes abiertos donde los huesos de monjas y
sacristanes
se calcinan al sol de agosto después de siglos
de sombra.

(No olvido, por cierto, los Auschwitz ni la Esma
ni las testas armenias ni la bala
matando en cámara a quien el napalm no había
alcanzado.
¿Dejar sin mencionar a Federico, a Paco Urondo, a
Víctor Jara,
a los sin nombre uno a uno degollados, fusilados,
destrozados sin recuerdo ni epitafio?)

Es una foto que he visto hace años en un libro:
en blanco y negro, donde la atrocidad resume
contraluces.
Esto lo han hecho aquellos hombres
que por un mundo de justicia jugaban su pellejo.

En la cima del monte de los dioses
se alza sombría la silueta del patíbulo
-cruz, horca, garrote vil, tecnología-.
Una nube de tormenta domina el cuadro,
fotografía sin color esta vez imaginaria,
enfocada a la manera del republicano aquel
que muere en la famosa foto de Robert Capra (hoy
sabemos que trucada,
tan trucada quizás como un Nazareno
                 que reparte perdón desde el madero).
En el ángulo interior hay varias sombras
que asoman apenas sus cabezas.
Hombres tal vez, que guardan la máquina asesina
con la burocrática serenidad de los sin culpa.
Discuten de ascensos o juegan a los dados;
sus negros perfiles contribuyen a hacer más artística
la escena.

La ejecución será por la mañana.

Por la noche, otros hombres o los mismos van de
juerga
con una partera puta
que gusta fotografiarse con cualquiera.

Enrique Záttara

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