Revista Lote Nro. 2
Doctora en Filosofía y Letras por la UNBA.
Escritora. Publicó: Juguetes y Jugadores, El viaje
y la otra realidad en colaboración con
Adolfo Bioy Casares, Las metáforas
del fracaso. En este artículo, apartir del
juego analiza los miedos de la condición humana y lo que nos permitimos
frente a la libertad.
Jugando a la Casita
por Graciela Scheines
Jugamos para evadirnos de las cárceles
cotidianas: el momento histórico que nos toca vivir, el país,
la ciudad, la familia, el trabajo, nuestras máscaras. El picadito
de fútbol los viernes a la noche, la interminable partida de ajedrez
o la cita de honor en la mesa de pócker son muy importantes. Porque
los juegos son zonas de fuga, planes de evasión, vehículos
en donde estamos momentáneamente a salvo, en tránsito a ninguna
parte, en cierta manera libres.
Hace tiempo que me da vueltas una teoría
en la que los juegos funcionarían como operadores para la vida.
Más que una teoría es un borrador, Una punta para seguir
pensando. Ahí va.
Juegos artificiales
Rayuela. Rompecabezas. Palabras cruzadas.
Elegí estos tres porque, al ser muy simples y antiguos, funcionan
como paradigmas, se vuelven simbólicos. La rayuela formaba parte
de los rituales aztecas y se jugó en los templos integrando antiquísimos
cultos orientales. Es el clásico juego de itinerario con una casilla
de salida, otra de llegada y estaciones intermedias.
Casi todos los juegos de tablero (de la oca,
ludo, los sofisticadísimos de mesa que están de moda, y hasta
el ajedrez y las damas) y los videogames son juegos de itinerario. Cada
jugador está representado en el tablero o en la pantalla —que simboliza
otro mundo, otra vida— por una o varias fichas, una piedrita, un dibujo
o un ejercito que debe avanzar por diferentes casillas hasta alcanzar la
meta.
El rompecabezas es un montón de fragmentos
(trozos insignificantes) que adquieren sentido en el dibujo terminado.
Hay muchas variantes, desde los más simples hasta el cubo de Rubrik
o los de múltiples posibilidades combinatorias.
Las palabras cruzadas consisten en casillas
vacías que hay que llenar, pero no de cualquier manera. Es necesario
responder al acertijo, acertar las respuestas de las preguntas numeradas
y ordenadas en horizontales y verticales, dar con las letras clave (llave)
que van despejando la incógnita. El aficionado a las cruzadas sabe
que las casillas vacías disimulan lo lleno. Es como en la raspadita,
donde hay que rascar con el borde de la moneda la superficie encuadrada
del billete para que salte el número o la palabra escondida. En
las casillas blancas de las cruzadas es como si las letras se hubieran
volado. El juego consiste en restituirlas a sus lugares. La nada es aparente
y transitoria.
Los trabajos del miedo
A cada uno de estos juegos le corresponde
un par de opuestos. Rayuela: deriva-rumbo. Rompecabezas: caos-orden. Palabras
cruzadas: vacío-lleno.
Se juega para salir de las trampas de la
vida. Y también para conjurar el primer término —el nefasto—
de estos pares de opuestos. La deriva, el caos y el vacío provocan
una desazón y una incomodidad tan espantosa que sólo se alivian
jugando. Deriva, caos y vacío son las situaciones de arranque, los
estímulos que provocan las ganas y la necesidad de jugar. Sólo
jugando recuperamos la tranquilidad: encontramos el rumbo, instauramos
el orden y anulamos el vacío.
Hay otro juego que también responde
al par de opuestos vacío-lleno: el del ilusionista. “Nada por aquí,
nada por allá” dice tocando con su varita la galera vacía.
Y de pronto sale volando la paloma. En estos juegos de aparecer y desaparecer
del mago de teatro siempre hay una caja de doble fondo, un lugar secreto
donde se guarda lo que no se ve y del que surge el prodigio. Rayuela, rompecabezas
y palabras cruzadas simbolizan la vida misma. Nos pasamos los días
y los años inventándonos un rumbo y corrigiéndolo.
Temerosos de la deriva y el naufragio. Nos afanamos en ordenar el caos.
Cosemos con prolijas puntadas unos con otros los retazos con los que están
hechas nuestras vidas. Esa tarea minuciosa crea la ilusión de que
lo que hacemos y nos acontece tiene un sentido, que tenemos historia, que
todo encaja y armoniza como en un dibujo.
El terror al vacío no es diferente
al horror al sinsentido. En la antigua Grecia caos y vacío eran
una misma palabra que provenía del verbo bostezar, y que significa
espacio vacío. Los miedos al vacío y al caos son un único
y mismo terror. En la mitología clásica es el más
antiguo de los dioses, padre de Erebo y la noche, y en el Génesis,
Libro Primero de Moisés, las dos palabras, caos y vacío,
se usan como sinónimos para definir el estado anterior a la creación:
“En el principio creó Dios a los cielos y a la tierra. Y la tierra
estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la faz
del abismo”.
Vacío, caos, tinieblas, abismo: los
humanos no podemos habitar el vacío ni el caos, nos perdemos en
las tinieblas, nos abismamos, nos disgregamos en la nada. Vacío,
caos y deriva son los terrores elementales de la raza humana. No hay más.
Todos los juegos el juego
Para conjurar estos terrores cada uno
se cuenta su propia vida. Si no nos la contáramos, la vida no tendría
ningún sentido. Uno se va contando las cosas como si se tratara
de episodios de la telenovela de la tarde. Ponemos mucha inteligencia en
la tarea de llenar cualquier hueco.
Queremos creer que los hilos del dibujo coinciden
uno a uno con los hilos de la vida y si no creyéramos en eso nos
moriríamos de miedo. Necesitamos que eso se complete, que el último
agujero reciba la pieza.
Nos aterra la idea de estar arrojados en
medio de restos de naufragios, en una vorágine de papeles sucios
y usados. Tememos que la vida sea una sucesión de espasmos irregulares,
los movimientos de un loco. La vida sin sentido es el monstruo que anidamos
como un Alien dentro nuestro. Hay que mantenerlo bien guardado en el cajón
secreto o en el doble fondo de la caja mágica para que no crezca
y se propague como una desgracia. Por eso y para eso inventamos esos artificios
perfectos anexando episodios diferentes y dándoles un sentido. Y
de tantos nudos y tanto afán nace al final el trozo de tapiz.
Las cárceles imponen sus normas. Jugar
nos hace libres. Pero como sólo se juega desde el caos o el vacío,
paradójicamente jugar es fundar un orden, levantar un atienda en
la intemperie.
Los juegos que jugamos simbolizan la tarea
de Sísifo que emprendemos cada día de nuestras existencias,
y a la vez constituyen atajos, desvío del penosos camino de destrucciones
y construcciones que reincidamos una y otra vez. Juguemos a lo que juguemos,
siempre jugamos a la casita: una casita llena de muebles, ordenada y limpia,
con su caminito nítido y sinuoso que nos lleva y nos trae de vuelta
y que concluye en la puerta bien guardada. Adentro: el cielo de la rayuela,
el dibujo terminado, cada letra en su casillero y la paloma blanca comiendo
de nuestra mano. ¶
