abril de 1998
Nro 11

PARTICIPAN EN ESTE NUMERO:

León Rozitchner - Héctor Schmucler - Néstor Perlongher - Raúl Leani - Alfredo Grande - Carlos Einisman - Elsa Pfleiderer - Patricio Cavanagh - Daniel Ares - Alejandro Videla - Claudia Rossetto - Hugo Vázquez - Fogwill - Horacio González - Beatriz Sarlo - Reynaldo Sietecase

ILUSTRA: Goya

INDICE

  • EDITORIAL
  • Recordando /Malvinas:
    de la guerra sucia a la guerra limpia
    (Fragm.)
    por León Rozitchner
  • Memoria y olvido en la Argentina
    por Héctor Schmucler
  • Todo el poder a Lady Di
    por Néstor Perlongher
  • El Capitán que descubrió Malvinas
    por Raúl Leani
  • Lloren por mí, Islas Malvinas
    por Alfredo Grande
  • Malvinas o la soberanía de la ausencia
    por Carlos Einisman
  • Nacido en Guerra
    por Elsa Pfleiderer
  • La crisis que no cesa
    por Patricio Cavanagh
  • Entrevista a Miguel Wiñazki y Mario Markic
    por Fernando Peirone
  • Banderas en los balcones (Fragm.)
    por Daniel Ares
  • Malvinas, un sentimiento
    por Alejandro Videla
  • Juremos con gloria morir
    por Claudia Rossetto
  • Mambrú se fue a la guerra
    por Hugo Vázquez
  • Hoy mamá hundió un barco
    por Fogwill
  • Suplemento Especial:
    Reynaldo Sietecase es Goya
                             
  • La guerra en el lenguaje
    por Horacio González
  • Los pichy-cyegos (Fragm.)
    por Fogwill

  • EDITORIAL

    LAS FORMAS DEL OLVIDO

    La comunidad se sostiene en una memoria mítica, incondicionada a la necesidad de pactos que hablan más de relaciones de fuerza que de verdad. La memoria busca su permanencia (y se trasmite) en construcciones míticas, en relatos sobre los que se arraigan valores fundantes de la comunidad.

    ¿Qué se dice de la guerra de Malvinas en los actos oficiales? ¿Qué les relatamos a nuestros hijos? ¿Qué les enseñamos en las escuelas? ¿La verdad? ¿Dicen los libros de texto que la guerra de Malvinas fue tan sucia como aquella otra? ¿Qué fue desencadenada por la ilusoria pretensión militar de limpiar con esta, en su prolongación exterior, la suciedad de la guerra interior? ¿Qué no había ninguna posibilidad de vencer ni recuperar ninguna isla? ¿Qué los mismos "recuperadores de la soberanía" presentaron, en plena guerra, un programa de privatizaciones para las 17 empresas del Estado? ¿Qué hubo un pueblo que respaldó a los militares, tan necesitado en su intimidad como ellos de lavar culpas y verse por una vez al menos, airosos, ya que había consentido, a cambio de sus vidas, la destrucción de la soberanía económica y política no de unas islas sino del país?

    El país intenta olvidar la guerra de Malvinas. Sepultar lo que pasó para no hacerse cargo de sepultar los muertos que produjo con la necesaria participación de las mayorías.

    ¿Cómo se prolonga esa complicidad hoy?

    Existen varias políticas del olvido, dice Lyotard citado por Schmucler. Una de ellas consiste en elevar monumentos recordatorios. Objetivada, la memoria puede abandonar su trabajo de recreación permanente. Otra de las formas es el silencio de aquello que no debería silenciarse. El silencio no es una mera ausencia; puede ser el acto de eludir la responsabilidad de mantener la memoria que sostiene el mundo. Olvido, memoria y responsabilidad se interpenetran y forman el sustento más sólido en el que se edifica lo humano.

    Todos quieren olvidar a los muertos –escribe León Rozitchner– y con la ayuda de los monumentos y los altares, la cosa irá mejor. Al elevar a los muertos a la dignidad nacional los inscribimos en la representación encubridora: en los falsos valores de una nacionalidad de cartón.

    "Más duro que la guerra, fue la posguerra", dicen las víctimas. 206 ex-combatientes suicidados. "Cuando llegamos, los argentinos ya estaban pendientes del mundial de España". El 85 % de los veteranos de guerra no han tenido revisación médica una vez finalizado el conflicto y el 80 % no la ha tenido jamás.

    Los ex-combatientes son los portadores de la memoria de Malvinas. Son, entonces, molestos, inquietantes. Como los sobrevivientes de los campos de concentración argentinos, son el objeto sensible, el testimonio material que no admite el olvido. Los sobrevivientes –dice en estas páginas Toto Schmucler– abren la presencia de los que no sobrevivieron y de aquello a lo que sobrevivieron.

    Asumir la responsabilidad consiste en asumir la memoria. Un no-olvido sobre Malvinas que no aspira a reparar, hacer justicia, porque ya no hay justicia ni reparación posible. Un no-olvido que renueva la exigencia de una reflexión en la que se arriesga la responsabilidad de cada uno: cómo fue posible.

    Quizás sea también el único homenaje posible a las víctimas, quizá sus vidas y sus muertes recuperen el sentido histórico, que mientras tanto parecen hijos del absurdo o el azar.

    Con este número, Lote se opone a la voluntad de olvidar a través del silencio. Nos oponemos a erigir monumentos como antes a las "colectas patrióticas". Nos oponemos a elevar a la categoría de "héroes" a las víctimas porque vemos que bajo esa denominación se encubre la otra cara de la misma moneda: la indiferencia que los pretende inexistentes. Dos modos de alejarlos, de tomar distancia, de olvido. Elevar "héroes" y monumentos mientras los ex-combatientes siguen sumando suicidios; elevar a "héroes" a la carne de cañón de lo peor de la sociedad argentina para quitársela de la conciencia.

    Los hombres que olvidan a los muertos que no quieren ver, los sepultan en sí mismos, y sepultan con ello lo más propio: el sentido de una vida convocada también ella entonces a traicionar la cifra elemental que deberíamos asumir y prolongar –dice León. Son los muertos insepultos, los que en nosotros no pueden reposar en paz, quiénes agitándose nos piden que los prolonguemos, que les volvamos a dar sentido en nuestras vidas, prolongando la de ellos: que los volvamos a incluir con su significación inconclusa en el tiempo histórico.

    Este número es nuestra forma de respetar el dolor de las víctimas, y es también, porque no queremos mantener el crimen como fundamento olvidado de la nación, nuestra elección.¤