Revista Lote Nro. 11


Recordando

Por León Rozitchner

Mayo de 1982, la guerra promediaba. Los medios hablaban de maravillosos Pucarás que enloquecían al imperio Británico, mientras "el ángel rubio" se rendía sin ofrecer resistencia frente a enemigos que ya no eran monjas ni mujeres indefensas sino soldados de verdad. Desde Caracas y mientras el fervor patriótico ganaba las calles argentinas, León Rozitchner escribía Las Malvinas: de la guerra "sucia" a la guerra "limpia" y profetizaba una inevitable derrota, convirtiendo al libro en un texto ineludible para comprender el comportamiento militar y de una izquierda atada a las categorías y la mentalidad de derecha. Hoy, con el espíritu crítico de siempre, reflexiona frente al olvido social. También se transcriben fragmentos del libro.


Uno

Han pasado ya 16 años desde la derrota de Las Malvinas. Cada año, como un radar, la memoria social –así la llaman– barre el horizonte del pasado, y en su barrido ya casi no encuentra nada que iluminar: nada que recordar, todo se ha olvidado. ¿Qué hace que la sociedad argentina no quiera, en su mayoría, recordar nada del genocidio, que se rinda entregando con el olvido de su propio pasado el horizonte de su futuro, y desdeñe saber y comprender las causas del presente, y se haya prestado al desgüace de un país del que se decía era la patria? ¿Qué tienen que ver Las Malvinas en la continuidad de nuestros males actuales?

Juicio a los militares sin juicio al pueblo argentino: pero no puede darse el uno sin el otro –aún conservando las infinitas distancias y diferencias entre ambos. El pueblo argentino tiene que enjuiciarse a sí mismo. No habrá un destino diferente en la Argentina a no ser que también la mayoría de la población, comprometida en la aventura de las Malvinas, asuma las responsabilidad social de haberse convertido en cómplice de una guerra ofensiva conducida por unas fuerzas armadas compuesta de asesinos, ladrones y violadores, y haber quedado marcada, prolongando el genocidio militar, por el sacrificio de sus propios hijos. Para comprometerse en semejante oprobio hubo que doblegar y vaciar de sentido humano a la vida, degradarse como pueblo y aceptar esta degradación como un noble destino. Pueblo que vio morir a esos adolescentes que mandó alegremente a la muerte, y que los desconoció, y desvió la mirada cuando volvieron derrotados y hechos mierda. Que aceptó sin conmoverse, siguiendo alegremente la estupidizada vida cotidiana, que 206 sobrevivientes se suicidaran. Eso fue lo que vivieron los combatientes al volver con los "suyos": descubrir el más innoble e ignominioso de los abandonos.

Fueron alentados, cuando los mandaron a ir a la guerra para ser héroes, y fueron ignorados como si no existieran cuando vuelven derrotados, y habiendo muerto miles de sus compañeros, o habiendo tenido que matar en frío, obligados por la estupidez y la insensibilidad criminal de los militares y de los valientes compatriotas, como si la experiencia de dar la muerte al otro, o ver a sus compañeros morir, no hubiera significado nada. ¿Podía ser de otra manera? ¿podría cada uno de los bravos ciudadanos argentinos, esa mayoría que se agachó con ganas, convertirse luego, ahora, en el lugar humano de una conciencia responsable?


Dos

La degradación del propio país es una de las experiencias más siniestras. Uno dice (y cree que sirve como explicación): la globalización, la economía de mercado, la impunidad, la miseria, el peronismo. Pero lo más terrible es entre nosotros la miserabilización del alma humana: recorrer las calles, compartir con la buena gente los días en los transportes, en los cines, en las oficinas, en las universidades, en las escuelas, en los estadios de fútbol, en las colas. Ver las caras de las gentes, –¡oh, las caras argentinas!– , los rostros donde las marcas del oprobio y de la abyección, aún siendo generales, han dejado sus huellas personales en los rostros: en las buenas madres que llevan sus hijos a la escuela, en los buenos padres que van silenciosos y vencidos al trabajo (y agradecidos por tenerlo), en la inocencia mezquina de las "señoras" gordas y del barrio, en la preocupación inacabable por el fútbol, en las miradas de reproche cuando alguien protesta, en la televisión y la devoción por sus estrellas y sus comunicadores, la "Su" o Grondona. Y no poder dejar de decirme a mí mismo, esperanzado, deseando que las cosas cambien: "¡cuando el pueblo despierte!".
Pero pasan los años y no pasa nada: somos un país de hombres y mujeres vencidos, quizás hasta tenemos una juventud anonadada.

Tres

La Soberanía, con la Revolución francesa, descendió del monarca y la conquistó el pueblo como propia. Pero para los argentinos, de pronto, esa soberanía posible del cual el pueblo fue despojado por el golpe militar, se convirtió en una roca. Y la roca elevada a valor absoluto: la Soberanía cayó sobre unas islas, las Malvinas, puesta en ese soporte material mínimo para que le sirviera de base. Soberanía milica: la empresa heroica consistía en reconquistarlas. Los argentinos rememoraron viejas glorias perdidas: las invasiones inglesas y el aceite hirviendo, las damas mendocinas tejiendo las banderas. La pasión patrioteril le hizo olvidar a la gente que la soberanía verdadera reside en el cuerpo colectivo de los hombres. Fue una trampa propuesta por los militares para ocultar lo más próximo a cada uno y disolverlo, separando al sentimiento de solidaridad de sus raíces. Los argentinos se anotaron como locos.

Y el efecto que el terror buscaba, destruir las determinaciones de la vida social concreta, los unificó a los argentinos en la muerte. Porque fue la amenaza diseminada del terror, ejercida como modelo sobre los asesinados, la que borró las diferencias para hacerles sentir que, igual que el poder militar, estaban todos salvados si acataban su voluntad y sus dictados: si se convertían en cómplices y actores de sus propuestas. Porque se había encontrado ahora una buena razón para reconciliarse con los asesinos y que les permitiera reconocerlos como los defensores de la patria –en el momento mismo en que, para hacerlo, había que pagar la cuota de muerte que volcaban los bravos ciudadanos en los otros: aun en los propios hijos.

Para ser cómplices de los militares había que firmar ese pacto de sangre que implicaba que nosotros éramos también capaces de hacer, con los nuestros, los que ellos hacían con sus "enemigos" de izquierda: ponernos, por medio de esta transacción infame, a salvo. Y así fue como siguiendo al estandarte sacrosanto de la soberanía a reconquistar en una roca, perdieron los argentinos la poca parte de dignidad que les había quedado después de tanta entrega y tanto miedo, y después de tanto "alta en el cielo un águila guerrera ", de tanto "no te metás ", de tanto "salve argentina, bandera azul y blanca ", y de tanto "¿yo? ¡Argentino!", y de tanto "por algo será ", y tanto "zurdos de mierda". La enorme mayoría de los argentinos refrendaron con sus pobres vidas ateridas su pacto individual con lo más abyecto, bajo la apariencia de sostener los más elevados e "inmarcesibles" valores de la patria.


Cuatro

Aquí se produjo un giro histórico en la experiencia colectiva: se accedió al extremo límite de la degradación humana ciudadana, lo cual también quiere decir de la degradación personal y afectiva: cada uno debe haber sentido que el oprobio era la carne de su vida, y luego del fracaso no quisieron saber más nada de nada. Se sumergieron otra vez en la inocente estúpidez de la vida que les daban los diarios, las radios, la TV y el fútbol y la joda dominguera, ahora cotidiana. Porque los pueblos no duermen, como se dice: estaban despiertos cuando salieron a apoyar el proyecto de los militares en masa, y esa es la realidad que amaron y a la cual adhirieron con mansa satisfacción cada uno de sus pobres miembros. Y están despierto, también hoy, cuando no piensan ni quieren recordar nada.

Hay momentos populares no de gloria sino de infamia, donde la gente hace aflorar lo peor de sí misma sin dejar de reconocerse como un pueblo: cuando la población dispersa por el miedo, olvidando los enfrentamientos concretos y de clase que son la savia de la historia, se unifica detrás de una pasión que los reúne y conglomera anulando toda diferencia, unidos en la miseria que disuelve sus antagonismos latentes y reales, pero borrados en ese instante pornográfico: donde la sociedad se ha quedado desnuda, en bolas, mostrando la miseria más obscena, sin tener el espejo que la refleje y en el cual pueda mirarse.

En ese momento no hubo ojos ni palabras en el interior del país para espejar este instante criminal donde toda una población se une en la complicidad del crimen para soslayar el miedo que la aterra. Ese instante en el cual se produce la gran agachada, lo que luego se dijo de los que fueron militantes y cedieron: "reventados", "quebrados". Pero el proceso militar quebró, reventó en nuestro país a sus habitantes –que por otra parte no eran tampoco muy aguerridos antes; un país, donde lo menos que podría esperarse de sus ganas, era una dignidad mínima y tanguera.

Y no pudo: esa población agradecida por los bienes recibidos, no por conquistados, por algo antes había adherido servilmente al peronismo, sin reparos, entregados hasta el paroxismo de la adulación, la alabanza y la sumisión a su Líder y a la Primera Dama, para decirlo de una buena vez para siempre: un país "reventado" ahora por ocultar, en ese compromiso, el terror del cual creyeron salvarse en la complicidad infame.

De ese país, de su humanidad, salió esta ruina que vivimos. De este país salió una población como la tucumana, que vota sin pestañear como gobernante, y por enorme mayoría, a un militar asesino y ladrón de sus víctimas, y que aún volvería a votarlo. De ese país salió elegido por dos veces un presidente como Menem (y hasta podría decirse que quizás salga una tercera: tiene amarrado al 35% de la población, que es peronista. Lo demás, que le falta, puede conseguirlo con el lumpenaje de la clase media alta y de la alta burguesía enriquecida). Apoyado por arriba y por abajo: igual que nos pasó en Las Malvinas con los militares.

Y esto –no nos engañemos– no es sólo una cuestión de pobreza: hay que haberse enmerdado el alma, que no se regula sólo por la economía, para que pase lo que la gente hace. Y no será yendo en procesión a la virgencita de Lujan como volvamos a crear una nueva patria sobre los restos de ésta.

Malvinas, de la guerra sucia a la guerra limpia

(fragmento del libro de León Rozitchner)

La lógica ilusoria del Proceso Militar

El que a hierro mata adentro, a hierro muere afuera: tal fue, corregida, la lección. La derrota de la dictadura militar en las Malvinas se inscribe en una lógica estricta, que en el terror impune del comienzo de su implantación tenía inscripto ya su final. Ese desenlace, imprevisible en los términos precisos en los cuales se desarrolló, no es sólo fruto del azar; por el contrario, esta guerra "limpia" constituyó la prolongación de aquella otra guerra "sucia" que la requirió.

De allí que nos interesara, durante el desarrollo de la guerra misma, y antes de que alcanzara su definición, cuando aún prevalecía el pleno triunfalismo ingenuo, retomar esa lógica que comenzó con mayor evidencia en la guerra "sucia" interior para plantear desde allí la comprensión del proceso político y una toma de posición. Ligar esa primera "guerra" con la otra, e incluir ambas en la misma impunidad que las planteó.

No era fácil expresar, y publicar, frente a ese triunfalismo vertiginoso que lo arrollaba todo una posición que se manifestara opuesta a esa "reconquista" de la soberanía en las Malvinas y opuesta también a ese triunfo de las fuerzas armadas argentinas. Y no porque deseáramos el triunfo inglés, sino porque sólo deseábamos la derrota de nuestro enemigo principal: la Junta militar y todo lo que estaba, detrás de ella, empujándola para ratificar con ese posible triunfo su propia salvación. Porque el éxito del poder militar del ejército de ocupación argentino significaba la derrota del poder –moral y político y económico– del pueblo argentino.

Pero casi no quiere decir nada esta reflexión, porque había una certidumbre previa que nos sostenía: desde el comienzo mismo de la guerra esa victoria era, por la misma lógica en la que se inscribía, imposible. Y sólo a partir de esta imposibilidad previsible y necesaria, con la cual se debía ineludiblemente contar, era pensable por anticipado su término. Fue aquí donde se puso en evidencia un cierto tipo de coherencia que habitualmente desdeña y niega el "realismo" político: la que mantiene la coherencia del pensar subjetivo como lugar donde también se elabora la verdad, y en su convergencia con la coherencia que organiza la realidad objetiva. Y es en esta convergencia donde se descubre y verifica el sentido del pensar y la razón. Porque de eso se trata: haber fantaseado lo real como para poder pensar desde el propio lugar subjetivo un desenlace que la realidad en su término contrarió de manera tan feroz, debe ser el índice de que algo andaba mal en el cuerpo y en la cabeza del que piensa. Que en ese lugar personal y subjetivo desde el cual se dictaba la lección de verdad objetiva y patriotismo a los demás, algo fallaba: que permanecía habitado aún, como persona, por una contradicción y un acuerdo no resuelto. Que estaba dominado aún por la fantasía y la ilusión.

 

El amenazante susurro interior

Esta guerra es la expresión de lo que los militares se ocultan a sí mismos, pero que los sigue y los seguirá obsesionando, persiguiendo en sordina, espectro fantasmal de una derrota moral, la disimetría vivida en la representación como valentía, la guerra sucia como sucedáneo de una guerra de verdad. No se tortura y se asesina y se ultraja y se despoja y se hunde en la miseria a un país sin que en algún lugar de ese "cuerpo colectivo popular" no se oiga el resonar de la verdadera voz que clama contra esa defección y esa cobardía, aunque se la oiga queda, en la presencia callada y muda de los que nada dicen pero que ellos saben que están allí. Nuestros militares fueron adiestrados siempre para detectar el susurro interior que mostraba el surgimiento del malestar contra el poder que oprime al pueblo: son los teru-teru en la laguna del poder.

En el lenguaje militar todo se lo debe leer al revés: cuando dicen de sí mismos que son "la última reserva moral del país" están queriendo en realidad decir que son el último y definitivo límite que encontrarán los intereses populares para realizar sus fines, porque son la expresión más extrema y descarnada de los objetivos reales de dominación de las minorías sobre los intereses nacionales que al mismo tiempo deben presentarse como sus opuestos.

La guerra y la derrota de las Malvinas sirvieron para demostrarlo. Lo que preparó este fracaso exterior estaba ya presente en la política militar que procedió precisamente a derrotarnos por anticipado. La cabal y concienzuda y metódica destrucción del país que emprendieron las fuerzas armadas argentinas desde que tomaron el poder fue nuestra derrota primera que nos infringieron, y preparaba anticipadamente la derrota posterior. Destruida su riqueza, diezmada su industria, empobrecida su población por la doctrina económica cuyo general fue Martínez de Hoz, perseguidos a muerte sus trabajadores, asesinados sus líderes, destruidas las instituciones, acallada, dispersa y perseguida la cultura que elaboraba el sentido nacional de nuestra realidad, perseguidos nuestros jóvenes como sospechosos por el hecho de contener la vitalidad despuntante de la población, asesinada parte de su inteligencia y excluida otra del país, empobrecida y regimentada (sujeta a régimen militar) la educación desde la universidad hasta la escuela primaria, sitiado y ocupado el país en todo su alma y en su cuerpo por el terror impune. Fueron todos los niveles de la realidad los saqueados, sin límite ni ley, en la medida en que expresaran una capacidad siquiera implícita de resistir esa ocupación militar. Todo fue ocupado y lo que quedo de ella fueron sólo símbolos vacíos. Pero en esta destrucción los militares se sabían y se sentían responsables: en algún lugar pese a todo su poder seguían temiendo la reacción, la resistencia. No tenían otro territorio, como tienen los militares extranjeros que invaden un país, al cual pudieran retirarse y que les fuera propio: era el propio territorio destruido dentro del cual se debían replegar. Estaban atrapados dentro de su soberbia armada e impune y lo sabían. Seamos claros: no había ninguna posibilidad de vencer en esta guerra ni "recuperar" ninguna isla contra nuestros enemigos externos, hasta tanto no hubieramos recuperado previamente nuestro propio territorio nacional de nuestro enemigo principal: las fuerzas armadas de ocupación. El enemigo ya había ganado adentro, al conquistar desde adentro, por medio de ellos, a la nación. Por eso EE.UU. e Inglaterra apoyaron desde el comienzo a la Junta militar, por eso la halagaban: estaban ambos al mismo servicio de su destrucción y de su entrega. Ahora los esperaba afuera, convertidos en enemigos de verdad, ahora en serio, ese mismo aliado de la dominación interior.

La estrategia de la guerra de las Malvinas prolonga la impunidad de la guerra sucia

A esta fantasía militar hay que agregar otra verdad inconfesable: la cobardía de los asesinatos que el nombre de la "guerra sucia" designa con un eufemismo excremencial: la disimetría del que se hace el valiente porque cuenta con la impunidad del poder. Esta cacería fue lo contrario y opuesto a una guerra de verdad, donde los que luchan asumen la posibilidad de morir o vencer, porque el adversario lo enfrenta con su propio y temido poder. Pero nada de eso, que define a una guerra, pasó aquí con los miles de compatriotas asesinados de espaldas y a traición. De espaldas: no les podían, desarmados, amarrados, solitarios, hacerles frente. A traición: no podían esperar que hasta ese punto se dejara de lado la mínima condición humana del que está indefenso. Enfrentaron a un enemigo amarrado y a su asesinato frío lo llaman guerra. Porque no se atreven a utilizar la palabra que corresponde: asesinato a sangre fría, homicidio agravado por indefección, alevosía y satisfacción en la tortura: abyección. Pero la abyección no tiene salvación: si no se la enfrenta para reconocerla el abyecto solo busca salida en la simulación: en elevar la abyección a la heroicidad cuya carencia justamente se quiere disimular. La guerra de Malvinas fue ese intento de pasar de lo uno a lo otro, dela "guerra sucia" a la "guerra limpia"; a la guerra que limpie la abyección. Fue lo ilusorio de la salida que venía desde ese planteo el que les dictó la salida, no la realidad de recuperar una soberanía que ellos mismos derrotaron al derrotar desde el vamos a la propia nación.

Ganar sin luchar: otra vez la impunidad

Nos interesa comprender cómo la categoría de la impunidad interna se prolongó determinando las condiciones, fantaseadas esta vez, de la impunidad exterior. Dijo Galtieri: "Aunque se consideraba que posiblemente Gran Bretaña reaccionara, no creíamos que fuera probable que se presentara una movilización por las Malvinas". Así lograrían su triunfo impunemente, sin tener que luchar. Pero era su cabeza misma la que, dentro del esquela racional que se prolonga como "esquema de guerra" en el cerebro militar, donde la impunidad le hacía difícil el cálculo más elemental. Por eso decimos que hasta la capacidad subjetiva de pensar la guerra estaba previamente determinada por las condiciones materiales de la derrota que ese ejército nos infligió. Y esta derrota impune del pueblo argentino era un límite para pensar la realidad de la guerra: se contaba con el apoyo del enemigo en el cálculo mismo de la guerra. Se contaba con otra guerra que tampoco sería una guerra de verdad. "Quiero decir que la reacción (inglesa) se consideró como una posibilidad, no como una probabilidad", dice Galtieri. Si era posible, es porque podía pasar de lo ideal a la real. Y si podía pasar a lo real, era por lo menos probable, aunque fuese pequeño el grado de la probabilidad: la guerra se juega precisamente en ese límite. Aquí la inteligencia militar los perdió. Dirigidos por una cabeza preparada para la represión impune y en el espacio ingrávido de la dominación interior, lo probable de la guerra en serio se perdió. No estaban capacitados para pensar las condiciones de la intemperie: de la realidad real.

La moneda con que pagaron las ilusiones perdidas

"Nunca esperé una reacción tan violenta, nunca" dice Galtieri. Para eso fueron a la guerra: para ganar sin pelear. Igual que en la guerra sucia interior. ¿Cómo pudieron ser capaces de tanta violencia interior, estos militares que cuando van a la guerra esperan del enemigo armado que con ellos, por piedad, la respuesta no sea nunca "tan violenta"? Es en el tránsito de la comedia a la tragedia, el retorno inesperado a la realidad violenta de los demás, a que el terror impune no los tenía preparado: esa es la clave ilusoria que adquiere realidad en un viraje inesperado. En la cacería impune interior fue así: Todo es posible (en la impunidad) pero contaban con que allí nada era probable (como respuesta de la sociedad). Con ese esquema impune y sin riesgo fueron a la guerra civil desarmada. Desde lo posible (ideal) a lo probable (real) había un tránsito, de lo impunible a lo punible, de la mentida valentía a la verdad de la cobardía. En la comedia todo fue un "como si": como si fuera una guerra: y así continuaron, canchereando ante el país como valientes: "Que se venga el principito". Pero cuando la fantasía del principito vino en realidad, no lo hizo bajo la imagen del petimetre real: se vino con toda la armada imperial. Entonces se pasó a la tragedia, que como siempre pagaron nuestros jóvenes soldados del interior. Y se rindieron sin decir nada más. Y volvemos otra vez al único campo de realidad que les queda: al propio campo nacional. Pero la retaguardia ahora no es el pueblo. Allí los esperaba aquello de lo que querían huir, ahora con su verdad definitiva: el temido poder popular, sin las armas, pero ciertos ante la evidencia: los militares eran tigres adentro, pero afuera fueron un tigre de papel.

¿Qué hubiera pasado si los militares, por azar del destino, hubieran vencido sin tener que luchar? Se hubiera ratificado la fantasía interior en la exterior, se hubiera colmado imaginariamente la brecha y, la realidad visible, narrable y mostrable de la derrota interior y del terror hubieran desaparecido de la faz de la tierra argentina, hubiéramos quedado nadando nuevamente en la fantasía y la negación, que ahora sí abarcaría con su encubrimiento la totalidad de la nación. Se hubiera apoderado del país una lógica donde el origen y la coherencia del Proceso que derrotó al país hubiera desaparecido cubierta por la negación.

Pero lo que este drama nos muestra es que hay una coherencia profunda, ligada al origen, que liga la representación con la presencia, a la historia con la verdad.¤