mayo de 1998
Nro 12

PARTICIPAN EN ESTE NUMERO:

Leonardo Sacco - Osvaldo Baigorria - Jean Paul Sartre - José Abadi - Luis Felipe Noé - Julio Cortázar - Nicolás Casullo - Roberto Meier - Mauro Jaime - Christian Ferrer - Elsa Pfleiderer -Tomás Abraham - Enrique Marí - Daniel Cohn Bendit -

ILUSTRACIONES:

Majú Rinaldi

INDICE

  • EDITORIAL
  • Entrevista a Tomás Abraham /
    La Aldea Local
    (fragm.)
    por F.Peirone y F.Vernetti
  • 30 años no son nada
    por Leonardo Sacco
  • Judíos y alemanes
             por Osvaldo Baigorria
  • Entrevista a Enrique Marí 
           por F.Peirone y F.Vernetti
  • Entrevista a Daniel Cohn Bendit
    por Jean Paul Sartre
  • Una comunicación personal
    por José Abadi
  • Entrevista a Daniel Cohn Bendit
    por José Abadi
  • La mala conciencia cultural
    por Luis Felipe Noé
  • Homenaje a una torre de fuego
    por Julio Cortázar
  • Suplemento Especial:   
    POESÍAS DE
    ELSA PFLEIDERER
     Ilustradas por 
      Majú Rinaldi
     
  • Entre viejos y nuevos símbolos (fragm.)
    por Nicolás Casullo
  • Las fechas del mayo francés
  • El mayo argentino
    por Roberto Meier
  • Ensayo para la vida
       
    por Mauro Jaime
  • Facultad Libre de Venado Tuerto  / El saber y la vida
    por Christian Ferrer
  • Ciudad Oculta: Barrio de la Carne
    por Fabián Vernetti

  • EDITORIAL

    Pompeya Y MAS ALLA...

    EL MAYO FRANCES

     

    Que los primeros graffitis no se escribieron en las paredes francesas en Mayo de 1968, ya lo registran los muros de la ciudad romana de Pompeya. Pompeya fue sepultada por el volcán Vesubio en el año 79. Es decir, hace 19 siglos. Era uno de los centros comerciales más importantes de la región y lugar favorito de los romanos acaudalados y de los nuevos ricos que competían por demostrar el lujo de sus posesiones. Cuando sucedió la catástrofe estaba en plena expansión. Para sus habitantes fue el fin. Para nosotros, un milagro, una oportunidad. La espesa capa de ceniza y la lava que cubrió la ciudad la protegió de la erosión del tiempo y de los hombres, la conservó casi intacta. Como en ninguna otra parte se puede respirar como vivían los romanos hace casi 2000 años.

    Pompeya abarcaba 65 hectáreas y 20.000 habitantes, tenía anfiteatro, teatros, 10 templos, 7 burdeles, 3 baños públicos, un centenar de bares y tabernas. Pasado por el tamiz imperialista, militarista romano, se encuentra en pleno reino todavía la herencia griega. El culto a Dionysos está latente. Frescos que reproducen la iniciación del rito, el falo –emblema de fertilidad, invocación a la prosperidad– magnificado en los frentes de las casas y las esculturas, muestran una idea muy diferente de la nuestra sobre el sexo. Nada que ver con el pecado ni la culpa. La sexualidad como la vida en estado bruto, el simple y concreto placer del cuerpo. Pompeya, las casas, los graffitis están llenos de sexo, es decir de vida:

    "Reclínate y goza".

    "Celadus de Thracier hace gemir a las chicas" (en las barracas de los gladiadores)

    "Salud a todos aquellos que me inviten a almorzar"

    "Yo soy el lecho de Marcus Iunius"

    Pompeya no es sólo un viaje en el tiempo. Es un viaje hacia adentro de uno mismo. No es una especulación filosófica o histórica: es la prueba material de lo que era la vida cotidiana de una parte de la humanidad antes de la larga noche del imperio católico que llamamos Edad Media. Sólo la naturaleza podía protegerla de semejante destrucción, sólo pudo sobrevivir porque se la dio por muerta.

    Pompeya no es una instantánea de la influencia vital de Grecia sino el original, el lugar donde vivir era festivo y lo festivo, sagrado.

    A Mayo, tan reciente, se lo ve como una fiesta. Estalló, impredecible, en medio de una sociedad camino a la opulencia, casi sin motivos, cuando nadie lo esperaba:

    "Me cago en la sociedad pero ella me lo retribuye ampliamente"

    "Olviden todo lo aprendido, comiencen por soñar"

    "Corre compañero, lo viejo está detras de tí"

    "La vergüenza es contrarevolucionaria"

    "Gozad aquí y ahora"

    Las paredes de Mayo reencuentran a las de Pompeya. Casi 2000 años después, sepultado por todo nuestro sistema de creencias y de fe, debajo de todos nuestros sistemas de ideas, después de tanto ocultar el cuerpo, de tanta represión y olvido, después de tanto cristo muriente y virgen inmaculada, después de la ciencia y la modernidad, de repente, las paredes denuncian que todo lo que nos separa de ese espíritu que ya venía de Grecia es una gran estafa, que hemos estado persiguiendo zanahorias, que todas las promesas murieron crucificadas para resucitar como fracasos.

    El Mayo Francés es un despertar. Algo en él se resiste a ser clasificado, razonado, comprendido, convertido, inmovilizado. Lo mejor de Mayo, lo que sigue emocionando es justamente esa condición de lo que está vivo. Mayo nos atrae como adultos frente a la espontaneidad de una criatura que todavía no fue estructurada por el sistema: nos recuerda, con esa memoria de brazos caídos que llamamos nostalgia, lo que alguna vez fuimos, lo que perdimos. También lo que no queremos ver, lo que tememos.

    Lo que aún cautiva de Mayo no son las arengas de Dany El Rojo sino el eco dionisíaco de su rostro, desbordado de vida, enfrentando al del policía. O el gesto de insondable irreverencia y misterioso conocimiento al enfrentarlo con un espejo. Y por supuesto, los graffitis. La frescura, la radicalidad y simpleza de sus afirmaciones, el reclamo aquí y ahora de vivir, el fin de la propia y eterna postergación.

    El despertar no duró. Cayó el muro de Berlín y con él, los países del Este, y las explicaciones de los analistas tampoco satisfacen. Asistimos al reinado del capitalismo, el primer sistema que no se propone resolver la vida de los hombres sino la de una parte de ellos (en la cumbre de la FAO, Estados Unidos decretó que comer no es un derecho sino una aspiración). Para los privilegiados que nos salvamos de la marginalidad nos corresponde una vida cada vez más vacía de sentido.

    No es el Mayo francés, sino Pompeya y más atrás aún, Atenas, y más atrás aún, lo que duerme en los cuerpos humanos. En Mayo despertó. No duró pero fue suficiente para demostrar el fracaso de la pretensión, a través de siglos de opresión, de que el hombre olvide su condición de tal.

    Quizás Cohn Bendit, intentando teorizar sobre los acontecimientos, lo intuyó: «lo importante no es elaborar una reforma de la sociedad capitalista, sino hacer una experiencia de ruptura completa con esta sociedad, una experiencia temporaria, pero que deje entrever una posibilidad. Se percibe algo, fugitivamente, y se desvanece, pero es suficiente para probar que ese algo existe».

    Que ese «algo» existe.

    Quizá los que se sintieron impulsados a llenar las paredes francesas, súbitos creadores, no sabían muy bien lo que hacían. Como lo hizo notar Platón, no es forzoso, es incluso preferible que el poeta no sepa lo que hace: esto es justamente lo que le da a lo que hace su valor primordial.

    Los graffitis en los márgenes más liberales de la sociedad de Pompeya y en las paredes francesas reflejan, a través de los siglos y bajo modos diversos, la reaparición de lo arcaico a través de sus hijos, la ebriedad de la vida, el desborde.

         ¤Revista Lote