En pampa y la vía
De crotos, linyeras y otros transhumantes
Por Osvaldo Baigorria
El
escritor y periodista, Osvaldo Baigorria reunió en un libro el producto
de su investigación, un recorrido histórico sobre ellos,
los que viven en la calle, en las plazas y en los puentes, donde los protagonistas
cuentan cómo se vive comiendo cualquier cosa y buscando refugio
para no morirse de frío.
Presentamos, por gentileza del autor, un fragmento del libro En Pampa y la Vía, editado por Perfil Libros.
Aunque hoy quedan pocos, en cierta época
no fueron precisamente una minoría. Cálculos oficiales estiman
que entre las décadas del 30 y del 40 el trazado ferroviario argentino
era recorrido por una masa que oscilaba entre doscientos mil y trescientos
ochenta mil sujetos que por sus actividades, indumentaria y códigos
de comunicación podían ser llamados, lisa y llanamente, crotos.
Es decir: el crotaje fue un comportamiento social generalizado entre los
jóvenes extranjeros y nativos de las clases sociales más
bajas de aquellos años. Alrededor de la Primera Guerra Mundial la
mayoría de los trabajadores inmigrantes o criollos acostumbraban
deambular de un lugar a otro hasta encontrar radicación definitiva.
Uno de los últimos sobrevivientes de esa especie en proceso de extinción
esta sentado frente a mí, al otro lado de una mesa coronada por
una pava y un mate. Se trata de mi padre. (...)
(...) En realidad, siempre hubo trotamundos. Y los motivos de esa trashumancia
fueron, en general, misteriosos para los sedentarios. A veces el detonante
fue la miseria; a veces, la incapacidad de soportar las presiones sociales,
la rutina, las obligaciones; en otros casos, alguna pérdida afectiva
u otros problemas familiares; en muchos, simplemente haber escuchado el
llamado de la aventura.
Drop out, salirse, abandonar. Dejarlo todo. En principio se destaca
el monje errante o mendicante, el sabio sin casa, el místico itinerante.
En esa imagen -presente en distintas tradiciones de Oriente y Occidente-
se suelen proyectar ciertas inclinaciones espirituales, la necesidad de
autoexpresión y la búsqueda de una verdad que se hallaría
fuera de los muros del sedentarismo, el trabajo fijo o la rutina social.
Pero la mayoría de los vagabundos tuvo como suerte ser marginados,
perseguidos o condenados al hambre, fueron marcados con distintas denominaciones
según las miradas -en parte condenatorias, en parte envidiosas-
de los asentamientos que los han visto pasar de largo o acampar por un
tiempo en las cercanías.(...)
(...) Si la deriva de las bohemias urbanas consistió en deambular
por ambientes variados dentro de una misma ciudad "según solicitaciones
del terreno y los reencuentros que a él corresponden" (Debord),
el movimiento de la bohemia rural fue, por el contrario, en dirección
a los espacios abiertos y pocos habitados. Sin duda el ferrocarril constituyó,
como dice Alicia Maguid, el "decorado indispensable para la
puesta en escena de nuestros crotos". Se había extendido a
lo largo del país según la estrategia que mas convenía
al capital inglés, que incentivaba el desarrollo de ciertas regiones
agroexportadoras, como la pampa y el litoral, en detrimento de otras.
El itinerario de la deriva crota en aquellos años siguió,
por lo tanto, las líneas férreas que conectaban las zonas
cosecheras. Así comenzó a dibujarse esa caricatura del hombre
de la bolsa que, con la barba crecida, las ropas desechas y la bolsita
a cuestas, merodeaba las casas del imaginario colectivo. Sólo en
los últimos años -y en particular, gracias a las investigaciones
de Hugo Nario- se comenzó a rescatar la figura del croto que deambulaba
de cosecha en cosecha. Pero así como es un equívoco colgarle
esa etiqueta a todo aquel que vive abandonado en la calle, también
lo es creer que el crotaje de la primera época era sólo un
mundo de braceros rurales en busca de trabajo.
Había crotos fugitivos de la ley, la familia o el sistema salarial.
Había peones rurales pero también delincuentes, desde rateros
hasta asaltantes a mano armada. Crotos que vendían artesanías,
baratijas, biyutería de la época. Crotos que cuando envejecían
se compraban un carrito y un caballo para realizar ese reciclaje primitivo
que fue el cirujeo. Crotos que cazaban nutrias, zorros y vizcachas. Crotos
militantes, con la bolsita cargada de libros, volantes o perisdicos anarquistas
que llevaban a los rincones mas alejados del país. Crotos que se
instalaban como maestros del pueblo -sin título- para alfabetizar
a los habitantes rurales. Crotos que ayudaban a fundar, donde se podía,
bibliotecas populares, sindicatos agrarios, conjuntos de teatro, grupos
de lectura y estudio. Y crotos filósofos, que añadían
a las lecturas de Malatesta, Kropotkin, Bakunin, Faure, Fabbri, Reclus
y Ferrer, los libros de José Ingenieros, Gorki, Tolstoi, Stirner,
Nietzche o Schopenhauer, ademas del casi olvidado Mikhail de Panait
Istrati.
Monarcas de los caminos del ferrocarril, los crotos de aquellos años
fueron una especie de elite de los márgenes, una contracultura itinerante
que se sentía libre, fluída y flexible frente al poder, el
patrón y la policía. Sus vidas fueron la propaganda en actos,
la puesta en escena de lo que otros escribirían, como señaló
el dramaturgo González Pacheco en los años veinte: "Es
el bohemio de la ciudad trasladado al campo. El mismo tipo romancesco y
belicoso. El mismo hombre, libertario por esencia, de pie al márgen
de las vías, como el otro de pie al márgen de las sanciones
burguesas".
Bepo
El croto más famoso de la República Argentina anduvo 25 años en la vía, durmió miles de noches a la intemperie, viajó en innumerables trenes cargueros por todo el país, trabajó como brasero cuando pudo, se alimentó de fauna silvestre o animales de corral ajeno cuando hizo falta y recogió una multitud de anécdotas e impresiones a lápiz en viejos cuadernos Laprida que se convirtió en un libro que lo llevaría paradójicamente, a la fama: Bepo: vida secreta de un linyera.
"Iba y venía, subía y bajaba, paraba en un sitio, estaba dos o tres días, tomaba otro carguero, elegía una chata abierta cuando había sol y hacía frío y me echaba en el fondo, pasaba de un ramal a otro, si había pique en la arpillera o en alguna chacra y me gustaba el sitio me quedaba más tiempo, pero si una mañana alumbraba linda o escuchaba el pito de algún tren, pedía las cuentas, cargaba el mono y otra vez salía en busca de la estación mas próxima y subía al primer carguero que pasara para cualquier parte. Yo era con mi libertad como un chico con un juguete nuevo".
"Mi casa tiene catorce kilómetros de ancho por 47.000 de largo. Y la ventaja principal es que el dueño está en Inglaterra. Así que no me cobra alquiler".
"El perro era el enemigo del croto. Había que esperar la noche. Como el perro se pasaba todo el día corriendo, persiguiendo alimañas, cuando caía dormido no lo despertaba nadie. Pero eso sí: el momento era el primer sueño, el más pesado. A eso de las once de la noche, cuando toda la familia dormía, y el perro también, uno se metía en el gallinero y se llevaba una curva".
Glosario linye - argentino
Bagayera. Bolsa pequeña en la que se lleva el bandolión, algún plato, cuchara, jarro, yerba y comestibles mínimos.
Bandolión. Lata de aceite, cuadrada, de 5 o 10 litros, que se corta de lado y sirve para cocinar.
Bullone fato. Asunto terminado.
Catango. Empleado de estación ferroviaria. Gusano que vive debajo de la bosta.
Cerdo. Chacarero rico.
Changa solidaria. Donación de uno o dos días de trabajo de los ocupados en cosechas u otras actividades, a los recién llegados que carecen de posibilidades de colocación. Una versión reducida fue "el barato": la donación de una o dos horas de trabajo.
Chapón. Pederasta.
Croto. Linyera, caminante, hombre que va andando.
Culo largo. Puestero de estancia o peón mensual de a caballo.
Curva. Gallina.
Dar el te. Dar una paliza; dar un castigo que puede terminar en la muerte.
Engrasar los rieles. Morir bajo las ruedas del tren. También: "Engrasar las vías".
Hacer la Católica. Pedir de puerta en puerta. También: "Batir la Católica" o "Isabel la Católica".
Hacer una farmacia. Robar en una cocina. Hacer galopiar la pera. Comer demasiado rápido.
Hacer mate italiano. Calentarse el trasero cerca del fuego.
Juan Figura. Vigilante, policía. Las Tres Marías. Pan, carne y yerba.
Maranfio. Puchero, cocido.
Mono. Atado de ropa que se arma descosiendo las costuras de una bolsa de trigo o con un trozo de lienzo. Se coloca la ropa en diagonal (para que no se arrugue); se atan las puntas del cuadrado que quedan en la diagonal opuesta a la ropa y luego las dos puntas restantes. Y se cuelga al hombro.
Pasado de mono. Loco, chiflado.
Pedernera. Borracho.
Pique. Trabajo.
Porcacha. Mujer joven de las chacras.
Porcachona. La esposa del chacarero.
Ranchada. Lugar donde se pernocta al raso; por extensión, todo lugar en donde se acampe alrededor de un fogón.
Tartago. Mate. "Vamos a tomar unos tartagos." También "verdes".
Trabajar el cerdo. Robarle a un chacarero rico.
Viada. Lapso que transcurre en la vida de un croto; la vida en las vías.¤