abril 1999
Nro 22
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

Germán Sarbach - Luis Racionero - André Gorz - Raoul Vaneigem - Néstor Perlongher - Ana María Ordoñez - William Morris - Enrique Záttara - Rolando Graña - Gustavo Varela - Cirille Koupernik - Oscar del Barco - Rodolfo Aldasoro - Raúl Leani - Edith de Muñoz - Fundación de Alergia al Trabajo - Mabel Caula - Georgina Majdalani - Liliana Andreoni - Delma Martinez - Susana Schroeder - Alejandra Bighi - Horacio "Noti" Martinez - Personal docente de la escuela para Sordos e Hipoacústicos Nº 2110 - Jardín de Infantes nucleado Nº 138

  • Arte de Tapa:

  • FOTO Pucho Gómez

INDICE


  • EDITORIAL

  • Adiós al trabajo – N. de la R.
  • CRITICA CULTURAL

  • Cuerdas del Sur – Germán Sarbach
  • CORREO DE LECTORES

  • Patricia – N. de la R.
    Ocio con dignidad – Luis Racionero
    Salir de la sociedad salarial – André Gorz
    Contra la productividad – Raoul Vaneigem
    Declaración de Fundación de 
                Alergia al Trabajo – Regional Argentina
  • Suplemento Sala de Profesores N° 4

  • Manifiesto por la abolición del trabajo(Frag.) – Néstor Perlongher
    Ex adicta – Ana María Ordoñez
    Un esfuerzo inútil (fragmento) – William Morris
    ¿Tiene el ocio algo que ver 
                con el entretenimiento? – Enrique Záttara
    Lo que dicen las palabras – N. de la R.
    Rascarse el higo – Rolando Graña
    Ocio en La menor – Gustavo Varela
    Trabajólicos Anónimos – Cirille Koupernik
    Trabajo y Ocio – Oscar del Barco
  • NOTICIAS DEL MUNDO

  • Réquiem para una fundición – Rodolfo Aldasoro
  • VIDAS PARALELAS

  • Raúl Leani – Edith de Muñoz



EDITORIAL

 
 
 
ADIOS AL TRABAJO



   Será penado con arresto de 10 a 30 días el que se entregare a la vagancia o no tuviere medios lícitos de  vida, siendo capaz de trabajar, sin que mediaran causas justificadas.
  Código de Faltas de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Art.67.

 Nos toco en suerte una época extraña. En los últimos dos siglos el trabajo fue el cimiento de nuestra civilización y por ende, de nuestras vidas. Se lo transformó en un fin en sí mismo y no en un medio. Se lo convirtió en un valor moral, en nuestro tabú más sagrado. 
 Pero no siempre fue así y todo parece indicar que tampoco lo será.

  Griegos y Romanos despreciaban al trabajo, que era la “natural” tarea de los esclavos. Ese desprecio sirvió, en la Edad Media, para apuntalar la división social entre eclesiásticos, militares y agricultores. Recién en la Modernidad, en 1783, el rey Carlos III de España declaró, por cédula real, que no era deshonroso trabajar. Con ello anulaba otras leyes que, desde la época de Alfonso El Sabio, prohibían el ejercicio de oficios “bajos o viles” (artesanos y comerciantes, por ejemplo) y castigaban con “la perdida de honra” a todo caballero “que no siendo cautivo, usase públicamente de mercaderías u obrase en algún vil menester de manos por ganar dinero”.
  La sobrevaloración del trabajo y de los productos que el ser humano podía hacer con su propio esfuerzo fue parte de la ética necesaria para la construcción de la sociedad capitalista. El concepto de trabajo fue de todas las maneras que hizo falta, fue ligado a la idea de libertad, a lo que nos diferencia de los animales, a lo que humaniza a la humanidad. Casi nadie vio en el principio del trabajo productivo la prolongación lógica del principio de la autoridad feudal, que a su vez prolongaba la lógica de la esclavitud.
  “Desde la segunda mitad del siglo XIX —dice Osvaldo Baigorria— el impacto de las nuevas tecnologías permitió que los seres humanos estuvieran en condiciones de realizar el antiguo ideal de vivir libres del esfuerzo y la escasez, y esta vez, sin esclavos. Pero el sistema de consumo y exclusión que domina al planeta ha determinado que unos mueran de hambre y otros pierdan sus vidas corriendo detrás de las necesidades creadas por el fascismo publicitario. Seguimos ganándonos el pan con el sudor de la frente, aunque la definición de “pan” ahora incluye una serie interminable de objetos de consumo que nos dan una ilusión de libertad y una vida de esclavos”.
  Viviane Forrester está lejos de ser la primera en plantear el tema, pero su libro El horror económico tiene la virtud de haberlo sacado de las manos de los “especialistas” (economistas y políticos) para trasladarlo, con una franqueza casi brutal, al espacio público, a la gente. El libro causo una conmoción, agotando 300.000 ejemplares y fue traducido a 12 idiomas inmediatamente. “Vivimos en medio de una mentira descomunal, en un mundo desaparecido que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales —escribe Forrester—. Un mundo en el que el concepto de trabajo (y por ende, desempleo) carecen de contenido. Se le oculta al mundo que entramos en una nueva forma de civilización en la que sólo un sector ínfimo tendrá alguna función”. Se miente diciendo que el desempleo es un problema coyuntural, un error del sistema que hay que corregir, cuando en realidad el desempleo es parte del sistema, es el sistema; que las dificultades del presente no son obstáculos que hay que superar con vistas a un futuro mejor. Pero “descubrimos que hay algo peor que la explotación del hombre: la ausencia de explotación, que el conjunto de seres humanos sea considerado superfluo y cada uno de los que integra ese conjunto tiemble ante la perspectiva de no seguir siendo explotable”.

  En el país, ningún político honesto puede prometer “pleno empleo”, salvo a escala de pequeña aldea. Pero ya se los escucha anunciando los puestos de trabajo que no aparecerán.
  ¿Es posible hacer algo más que estar dispuesto a esperar en condiciones desastrosas los resultados de promesas que no se concretarán? ¿Algo más que aguardar en vano, sumidos cada vez más en la miseria, el retorno del trabajo, el crecimiento de los empleos? ¿Dignificar la vida con el Plan Trabajar? ¿Estudiar carreras pensando en una salida laboral que para la inmensa mayoría no existirá jamás?
  Vivimos una ilusión. Cuando antes se pierda, menos doloroso será y un paso fundamental habremos dado para comenzar a resolver nuestros problemas. Cuando más tardemos en entenderlo, peor será. La actitud de no querer aceptar el problema, no querer verlo, no asumir las dificultades, como siempre, nos costará caro. Por el contrario, “verificar la realidad, atreverse a reflexionar sobre la verdad, aunque nos duela y provoque cierta desesperación, es el único gesto lúcido en el presente que preserva el futuro. En lo inmediato, ofrece la fuerza de hablar, pensar, decir. El miedo sólo nos encierra en una trampa donde todo esta permitido y nos lleva a aceptar todas las extorsiones, a seguir cediendo.
  Se trata de dejar de ser colonizados. De vivir con conocimiento de causa, no aceptar más al pie de la letra los análisis políticos y económicos que soslayan los problemas o sólo los mencionan como elementos amenazantes que obligan a tomar medidas crueles, las que no harán más que empeorar las cosas si se las acepta dócilmente.”
  Algún día habrá que empezar a pensar como organizarnos a partir de la falta de trabajo. ¿Perderá su carácter sagrado y en una sociedad futura, distributiva, llegará a considerarse una conducta antisocial, egoísta? ¿Se alcanzará otra vez una civilización del ocio, esta vez sin esclavos, porque ahora el trabajo necesario lo pueden hacer las máquinas? El grado de altruismo necesario por parte de quienes detentan el capital o la dirección burocrática de la economía, y también de la grandeza de la clase política, lo hace parecer lejano. La solución sólo puede ser factible con un cambio de mentalidad que supere la concepción que nos ha traído hasta aquí. Mientras tanto, como escribiera Macedonio Fernández: “Si no se puede suprimir todo trabajo habría que, por lo menos, empezar a Trabajar Poco, pues no hay que perder la esperanza de que, alguna vez, Nadie trabaje”.