mayo 1999
Nro 23
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

Domingo Matías Sayago - Silvia Burki - Eduardo Tiscornia - Federico Lorenz - Graciela Scheines - María del Cármen Tomé - Jorge Luis Vecellio - Fernando Peirone - Vilma Simioni - Raúl Rossetti - Alejandra Bighi - Claudia Zanchetta - Lucía Tosolini 

  • Arte de Tapa:

  • FOTO Pucho Gómez - Ives Ross

INDICE


  • EDITORIAL

  • Sobre la guerra – N. de la R.
    Carasucias – N. de la R.
  • CRITICA CULTURAL

  • Ma. De los Angeles Ledesma y 
                Cosecha de Agosto – Domingo M. Sayago
    El lugar donde se detienen los relojes – Silvia Burki
    La Guerra – Eduardo Tiscornia
    La guerra interminable – Federico Lorenz
    El juego y de la guerra – Graciela Scheines
  • SUPLEMENTO – Sala de Profesores N°5

  • Mc MuerteN. de la R.
    ¿Qué pasó con los 18 millones que 
           iban a regalarle al hospital?Jorge Luis Vecellio
  • CIUDAD OCULTA 

  • Los camioneros – Fernando Peirone
  • NOTICIAS DEL MUNDO

  • Tolosa – Vilma Simioni
    Antonio Porchia: Las revelaciones desnudas – Raúl Rossetti
  • CORREO DE LECTORES

  • Cartas en blanco y negro – Alejandra Bighi
  • VIDAS PARALELAS

  • Claudia Zanchetta – Lucía Tosolini



EDITORIAL

 
 
SOBRE LA GUERRA



   Desde que el mundo es mundo, por el fuego, por alimentos, por territorio, por poder, siempre hubo guerras. Podría afirmarse que quienes van a la guerra, por lo general, no la desean ni la necesitan; sin embargo, representando a una bandera, a un líder, defendiendo un pedazo de tierra, van y el desastre acontece y su pócima mortífera corre como reguero de pólvora destruyendo todo cuanto encuentra a su paso.

   "El recurso último de la fuerza, desgraciadamente, está dentro de las formas de relacionarse que tienen los seres humanos", y el terror internalizado, nos guste o no, figura entre los medios que tiene el vencedor para mantener el orden y su poder. Existen muchos otros recursos, también la vieja costumbre de apelar a la unidad, y para unirse lo primero que se necesita es un otro amenazante, diferente, al que oponerse y endilgarle el diablo. La guerra de Yugoslavia —más allá de la grosera ostentación bélica de la OTAN, rubricando sus propios antecedentes y la descarada tendencia expansionista de Estados Unidos, que no tuvo ni el más mínimo reparo para condicionar el desarrollo de las negociaciones diplomáticas hasta alcanzar por fin el punto en que la guerra fuera inevitable—, es un ejemplo del lugar al que puede llegar la intolerancia de convivir con un otro distinto en etnias, creencias religiosas o costumbres.

   Merleau-Ponty dice que "una sociedad no es el templo de valores-ídolos que figuran al pie de sus monumentos o en sus textos constitucionales, una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones del hombre con el hombre". En este sentido el mundo es el escenario que pone de manifiesto a la violencia como elemento fundante de las relaciones sociales de derecho, y por tanto como constitutivo de su historia íntima y social.
   Pero no menos cierta que la guerra, existe una construcción humana que no ha demandado pocos esfuerzos a lo largo de la historia: la paz. Podemos admitir a la violencia bélica como modelo último de toda otra violencia, sin embargo es necesario aclarar que la guerra no es el único elemento a partir del cual se pueda explicar la naturaleza humana. Entre guerra y guerra, la paz es el emergente de un acervo también milenario que para ser comprendido requiere un desprendimiento no siempre cómodo de posiciones y certezas, una reformulación radical de conceptos, nociones y exigencias ideológicas hondamente arraigadas en nuestra visión del mundo. La paz, como tantas otras expresiones humanas (la risa, el arte, etc.) forma parte de ese conjunto de posibilidades que se da el hombre para vivir frente a tanto autoritarismo de cánones, seriedad y racionalismo sentencioso y unívoco. Es más, si uno observa la infinita complejidad que presenta el mapa político del mundo, sería apropiado preguntarse ¿cómo es posible que haya una sola guerra? Las posibilidades de conflicto son muchas y variadas. Y si bien es cierto que la probabilidad de una Tercera Guerra Mundial está latente, no menos cierto es que los movimientos antibelicistas son cada vez más numerosos, al igual que los decididos intentos por encontrarle una salida pacífica a los conflictos armados. En el mismo sentido, de un tiempo a esta parte, podemos observar que la mayoría de los conflictos armados han surgido como producto de intervenciones o condicionamientos externos (Irán-Irák, Golfo pérsico, ahora Yugoeslavia). Es necesario hacer esta aclaración, pues la guerra, como la "inseguridad" y los "desastres" ecológicos, suelen formar parte de una peligrosa y cada vez más admitida tendencia —sobre todo intelectual— a explicar la naturaleza humana desde un cierto nihilismo que, sospechosamente, no hace más que garantizar el status quo. Y convengamos que de decir que el hombre es malo y el futuro del planeta irremediablemente catastrófico a proclamar que cada uno debe resignarse en la tierra y esperar la salvación eterna en el reino de los cielos, sólo hay un paso.
Hecha esta salvedad, entonces sí podemos hablar de la guerra. Desde allí la abordamos en este número.

   "La guerra es una bifurcación de alcances incalculables, cualquiera sea la precisión del planeamiento del agresor y la preparación defensiva del agredido". La frase, pertenece al libro Homo Delirans, que por estos días, su autor, el Dr. Eduardo Tiscornia, corrige para su publicación; y la mención refiere a las consecuencias imprevisibles de móviles, independientes —a menudo inadvertidos—, al curso trágico de acciones y reacciones que entran en juego cuando se emprende una lucha armada.
   Tal vez la guerra forme parte de la naturaleza humana, tal vez nunca podamos deshacernos de su carga funesta, pero la posibilidad de que los conflictos armados se reduzcan seguirá siendo remota mientras exista una sociedad escindida por el fantasma del otro. El poder, cuya visión del mundo hemos internalizado al punto de defenderla como propia, intenta hacernos creer que el individuo siempre es un foco infeccioso de naturaleza que quiere lo indebido, en cualquier momento y a toda costa, y el otro —considerado como nosotros mismos somos considerados desde el poder—, un potencial rebelde que justifica todas las coacciones habidas y por haber: al individuo demasiado natural hay que hacerle violencia para que se pliegue a la sociedad o se rinda a ella. Pero mientras el poder mantiene a sus súbditos unidos bajo la amenaza permanente de la guerra, por lo bajo, en silencio, sin la bendición oficial, subsiste un segundo mundo, una segunda vida. Aunque como dice el filósofo: "la oscuridad del presente es, sin duda, el alto precio que paga la esperanza por poder conservarse en su perpetuo aplazamiento".