septiembre 1999
Nro 27
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

Oscar Landi - Carlos Brück - Juan Carlos Muñiz - Hugo Vázquez - Andrea Soldini - Abelardo Gachasín - Leonardo Sandler - Paul Citraro - Carlos Záttara

  • Arte de Tapa:

  • FOTO Pucho Gómez
    DISEÑO Carolina Correa Llobet

INDICE


  • EDITORIAL

  • La palabra devaluada – N. de la R.
  • CRITICA CULTURAL 

  • Básico Crack – Paul Citraro
    El Gran Deschave – Carlos Záttara
    La corrupción de la palabra - Oscar Landi 
    Gente de palabra (sujetos parlantes) – Carlos Brück
    La palabra, esa desaparecida – Juan Carlos Muñiz
  • SUPLEMENTO – Sala de Profesores N° 7

  • El Valor del Teatro en la Educación – Andrea Soldini
  • CIUDAD OCULTA 

  • José de la basura – Hugo Vázquez
  • VIDAS PARALELAS

  • Abelardo Gachasín – Leonardo Sandler



EDITORIAL

 
 
La palabra DEVALUADA

 


   Quién pudiera hoy recordar lo que ya no es. Quién pudiera alcanzar al menos una lejana reminiscencia de la sabiduría que portan las etimologías entre sus letras. Quién pudiera siquiera fugazmente recuperar el principio festivo popular, carnavalesco e irreductible, de la vida que fue derrotada progresiva e impiadosamente con la filosofía, la "palabra de dios", el reloj y el capital.
   Quién pudiera ejercitar el noble derecho de libertarse de la colonización que se ha ejercido sobre nuestra singularidad y, a destajo, retozar de plenitud, abiertos a las potencialidades. Quién pudiera en cada palabra volver a vivir la experiencia que nombró la vez primera. Quién pudiera.

   Si hubiéramos tenido la posibilidad de ver en la raíz un "hocico" que revuelve la tierra en busca de humedad, en una ardilla al "que se hace sombra con la cola", y en un árbol al "que bebe por sus pies", posiblemente nuestra mirada sobre el mundo sería diferente. Pues cada palabra que hoy espetamos alegremente, sin nada, antes fue una práctica viva, la forma que adquiría el asombro y la gratitud humana frente al espectáculo de la vida. Ya no. Ahora la palabra ha mudado su sentido hasta extraviarlo, hasta alcanzar un protagonismo dominante sin nada para decir y convertirse en un fin en sí mismo. Ya no es importante lo que se dice, sino decir algo, no importa qué, pero decir.
   La palabra fue perdiendo referencias, experiencias, valor de uso, y se ha convertido en un "bien" vapuleado, pasible de saqueos éticos, juramentos falsos, promesas por las que ya nadie reclamará cumplimiento. Y ese es el fondo sobre el cual nos constituimos como personas, despojado de contenido. ¿Qué construimos cuando nos construimos?

   Ese proceso de pérdida del valor de la palabra, ese vaciamiento, es el mismo que sufrió la subjetividad, la conciencia histórica. Y cuando hablamos ya no somos nosotros los que se expresan, hablamos en los términos permitidos, diciendo lo que se espera que digamos. El lenguaje ha pasado a ser el lenguaje de los vencedores, del poder, una herramienta mentirosa, cómplice. Pues así como la iglesia católica ha posado su arquitectura sobre los templos de antiguas civilizaciones (griegas en Italia, guaraníes y aztecas en América Latina, por dar sólo algunos ejemplos), del mismo modo, hoy el imperio —su heredero dilecto, confidente— trabaja bajo esas misma premisas, y lo hace sepultando nuestro lenguaje original, las formas en que nos veríamos mejor representados. Por eso cuando uno ve que Mc Donald impone sus Big Mac y su Cajita Feliz hasta en el último rincón del planeta, no está haciendo otra cosa que asistir a una de las últimas conquistas sobre la singularidad de cada cultura.

   Hemos cedido el lugar del deseo. Y "no nos vamos a desembarazar de Dios porque creemos en la gramática". "Sujeto", "objeto" y "predicado" son artificios que organizan su sentido alrededor de un "núcleo" que, al modo teocéntrico, establece el reino de las luces y de las sombras. Pensamos con esa lógica, actuamos con esa lógica. Y en nuestro interior último, todavía discutimos con Galileo, somos la feligresía que niega y condena el movimiento de las cosas y de los seres, su devenir vital, su condición de irreductible diversidad y transformación.
   Se trata de una doble función que nos degrada de ida y de vuelta: tanto por lo que el poder posee de nosotros, como por lo que nosotros tenemos de él que nos mancilla.

   Existe, sin embargo, otro lenguaje, milenario, olvidado. Formas imprecisas de una vida que toma la posta en cada cuerpo que renueva su deseo de vivir y amar. Como diría George Harrisson, tal vez en un remedo prematuro de Beatle solitario, deseoso de que las cosas fueran de otra manera que como son: "Aquí llega el sol".