octubre 1999
Nro 28
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

 Oscar Estellés - Federico Lorenz - Vilma Simioni - Rodolfo Aldasoro - Hugo Vázquez - Mónica Larroux - Paul Citraro - Darío Emilio Delari - Juan Ignacio Prola 


  • Arte de Tapa:

  • FOTO Carolina Correa Llobet
    DISEÑO Bujo´s

INDICE


  • EDITORIAL

  • Desenterrar y Recordar – N. de la R.
  • CRITICA CULTURAL 

  • El Asado – Oscar Estellés
  • NOTA DE TAPA

  • Olvidar lo malo no es tener memoria - Federico Lorenz
  • NOTICIAS DEL MUNDO

  • Del Normal a la Cocina - Vilma Simioni
    Lenon en 10 actos - Paul Citraro
  • POR AQUÍ PASARON

  • Elena - Rodolfo Aldasoro
  • CIUDAD OCULTA

  • Puta madre - Hugo Vázquez
  • SALA DE PROFESORES

  • El gran desafío de escribir  – Mónica Larroux
  • VIDAS PARALELAS

  • Darío Emilio Delari - Juan Ignacio Prola



EDITORIAL

 
 
Desenterrar y Recordar

"¿Acaso no es necesario olvidar para recordar?"

Ricardo Forster 

    Tal vez haya que remontarse a los orígenes del pueblo judío para reconocer en ellos a la primera expresión de lo que hoy conocemos con el nombre de memoria, a la aparición en la historia humana de una herramienta de alta sofisticación que fue utilizada por necesidad, para preservar la identidad y los valores (la historia) de un pueblo sin lugar, que se vio en la obligación de hacer de cada uno de sus miembros el portador de un bien que antes era natural, social.
  A partir de ese momento la memoria pasa a ser un bien individual, que se porta, se transfiere y se inscribe en el cuerpo de cada judío con el propósito de salvar el pasado común.
  En nuestra sociedad, la occidental, la memoria se ha convertido en un instrumento del poder, en tanto representación mecánica de la versión oficial de los hechos históricos. La condición para que ese mecanismo afecte el cuerpo social hasta en sus elementos más tenues (los individuos), es lograr internalizar, en cada uno como propio, un dominio extranjero, ajeno a nuestra voluntad. Esa técnica, que Foucault llamaría de individualización, es a la vez de globalización. La misma acción que atomiza hasta penetrar y hacer su marca en lo más íntimo, extiende su pócima al conjunto, afectándolo hasta convertirlo en un solo cuerpo de reflejos condicionados, previsibles. De allí que para ejercer su dominio, el poder sólo deba accionar unas pocas clavijas de nuestro inconciente, lo demás lo hace la memoria. "Cada uno es una cultura antigua que quiere ser conquistada", el depositario de una información de la que ya no somos dueños y que el poder utiliza para sus propios fines. Pero aún cuando existe un montaje escénico que todo lo controla, algo se escapa, nos trae el perfume de un tiempo diferente, irredento; y uno siente que, acaso por un orden azaroso, ese perfume despierta realidades tan esquivas como propias. ¿Qué referencias evoca el jugo de un beso que excede nuestra comprensión y que sin embargo nos inquieta? ¿Qué cosa sustraída de nuestra conciencia por los fantasmas del olvido, aún perteneciéndonos, se manifiesta como extraña? Seguramente no ha de resultar fácil identificar la procedencia de ese aguijón que con manos invisibles nos provoca y nos estimula, más allá de la orden de omisión impartida desde el poder.
  Pero "la vida es lo que ocurre mientras nosotros estamos haciendo otras cosas", y mientras el poder impone sus reglas y hunde su puñal domesticador allí donde el terror, la economía y Dios no bastan, por lo bajo —nunca mejor usado el término—, un hijo bastardo de la historia, recorre el cuerpo individual y los espacios públicos como un contrahecho errante, en busca de su destino. Es una memoria diferente, a la que podríamos llamar genética, una conciencia en sordina que, a la espera de una oportunidad, se oculta de los predadores y se enquista en los recuerdos silenciosos de la carne. Es una memoria colectiva, de todos los tiempos y todas las personas, que con cada nacimiento renueva la afectividad sintiente como amenaza para el poder. Es un recuerdo impreciso que, al revés de la memoria cultural, no se maneja con datos concretos, sino con emociones, esencias.
  Es necesario descomprimirse, salirse de la lógica del sistema que todo lo cuantifica, volver a integrar el sentido del sueño a la vigilia, como hay que integrar nuevamente lo subjetivo al cuerpo colectivo. Pero no importa lo que decidamos. La vida sigue produciendo vida, mal que les pese.