noviembre 1999
Nro 29
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

César Schwank - Osvaldo Baigorria - Silvio Mattoni - Viviana Gorbato - Vilma Simioni - Rodolfo Aldasoro - Horacio Caimi - Flavio Camilato - Gustavo Martín

  • Arte de Tapa:

  • FOTO Pucho Gómez 
    DISEÑO  Darío Delari

INDICE


  • EDITORIAL

  • Maldita clase media - N. de la R.
  • CRITICA CULTURAL

  • Las manos de Eurídice - Horacio Caími
  • NOTA DE TAPA

  • La Clase Media - César Schwank
    Divagaciones de un poeta de clase media - Silvio Mattoni
    Rescate de la Media - Osvaldo Baigorria
    Memorias de una vieja dama indigna - Viviana Gorbato
  • NOTICIAS DEL MUNDO

  • Don Mariano Lopez - Vilma Simioni
  • POR AQUI PASARON

  • The Recordmen - Rodolfo Aldasoro
  • SALA DE PROFESORES

  • Los Centros de Alfabetización para adultos - Blanca Tartarelli
    La Filosofía y los adolescentes - Alejandro Sarbach
    Lotecito
    Feria del Libro Infantil
  • VIDAS PARALELAS

  • Flavio Camilato - Gustavo Martín



EDITORIAL

 
 
Maldita Clase Media
                                                N. de la R.

   Hablar de la clase media presupone hablar de nosotros mismos, intentar desentrañar sus miserias y virtudes –si las tuviera– significa mirarnos en el espejo despojados de los matices que aporta la individualidad, para aproximarnos a los rasgos generales de una etiqueta que nos abarca y nos ubica al medio; entre pobres y ricos, entre eternos perdedores y eternos ganadores, entre el cielo y el infierno. 
   Si algo pareciera caracterizar a la clase media, como a cualquier hijo del medio, es su sentimiento de inestabilidad: fluctúa entre el temor a la proletarización, hoy potenciado al extremo desesperante de la desocupación excluyente, y la fantasía de acceder a la clase alta.
   Esto determina un carácter imitativo de las costumbres de la clase superior, que no pueden adoptarse plenamente por las condiciones objetivas que lo impiden, originando una constante situación de crisis. La angustia que deviene de tal situación conflictiva, sitúa a la media en un estado permanente de insatisfacción, pero como al mismo tiempo la especulación es un componente importante de su singularidad de clase, habitualmente prefiere que otros modifiquen las condiciones que a ella afectan, limitándose en la mayoría de los casos a adherir, o reprobar acciones colectivas, sin participar activamente.
   Si interviene, siempre su participación es sectorial, reaccionando o replegándose de acuerdo a los intereses afectados y contando casi seguramente con la indiferencia del resto de la media no perteneciente al sector movilizado.
   Muy por el contrario de lo que sucede con los de arriba y los de abajo, nosotros, los insípidos del medio, la mortadela del sandwich, nos resistimos a pensar que tales condiciones no se transforman solamente a partir del esfuerzo individual o sectorial, y que no es posible ganar sin estar dispuestos a perder o resignar algo. Es interesante escuchar las opiniones de aquellos integrantes de la media que han podido viajar a Cuba. Se admiran de los logros de la pequeña isla socialista en áreas como educación, salud, cultura, pero al mismo tiempo se horrorizan de la carencia de ciertos artículos superfluos propios de las vidrieras capitalistas. La media se niega a priorizar, lo quiere todo, y puesta a elegir tal vez prefiera circo antes que pan, parecer antes que ser.
   Entender que la escalera que conduce al cielo está clausurada en esta vida, es su mayor imposibilidad, y aceptar que no hay guita que abra las puertas del paraíso burgués, que si no se pertenece, a lo sumo se podrá ser un invitado estrella, pero definitivamente un invitado, su máxima tragedia. La media prefiere ignorar que el esfuerzo nunca alcanza, que el sistema ha diseñado perversamente el cuadro de honor y que a pesar del susurro meloso del mundo del consumo, acceder es sólo la ilusión masturbatoria que la esclaviza.
   Claro que para interpretar esta ley hace falta conciencia de clase, y los que pertenecemos a la media preferimos no tenerla.
   A Marx le gustaba llamarla "pequeña burguesía", y sostenía que estaba destinada a una paulatina, pero segura proletarización, y a juzgar por el devenir de los acontecimientos en las últimas décadas, al menos en América Latina, pareciera no se equivocó.
   Es necesario aclarar, que como la vida, la clase media no es un compartimento estanco, muta, y por lo tanto sería incorrecto pensarla sin tener en cuenta las condiciones propias de la época y de los procesos socio-políticos que la contienen. Quizás el reflejo más claro de esta mutación se pueda advertir a partir del deseo que la moviliza.
   En décadas pasadas, la clase media podía representarse utilizando emblemáticamente la figura de una abuela gorda, inseparable de su delantal de cocina, amasando pastas caseras y preparando postres inolvidables. Su conformación se había realizado casi exclusivamente a partir del proceso inmigratorio europeo, el sector tenía en el trabajo estable, la casa propia, y la abundante comida, a la zanahoria que movilizaba al burro. El montaje escénico gúlico que suponían los domingos en familia, donde la mesa rebalsaba de comidas y bebidas, cumplía dos funciones básicas en el imaginario de la media: Se alejaba ostentosamente de la baja, y negaba su pertenencia iniciática en el hambre extremo del viejo continente. Podríamos argumentar a favor de "aquella" media, que sus egoísmos tenían raíz en la carencia, en la lucha por defender el alimento para los propios, en un hambre genético importado por las generaciones anteriores del otro lado del Atlántico. Había que saciar a un ejército de parientes famélicos, que a pesar de nuestra inconciencia, nos habían heredado el chirriar estrepitoso de sus tripas.
   Hoy el "objeto" del deseo de la clase media ha cambiado, las pantagruélicas mesas dominicales le han cedido paso a la obsesión "cholula" por el 0 km, las vacaciones, el celular, los electrodomésticos y la nena modelo, y en pos de estos objetivos y del derroche de vitalidad que hace falta para aproximarse a la actual zanahoria, a penas si hay tiempo para quejarse, con lo cual pedirle a la clase media una actitud de compromiso solidario con los habitantes del infierno inferior, es casi una utopía; y al no estar en juego los componentes básicos para la supervivencia, una postura inmoral.
   Maldita Clase Media pareciera titular exageradamente este intento de aproximación a nosotros mismos como integrantes de un conjunto social desclasado, amontonados en un rótulo que excede largamente una simple fórmula de ingresos.
   Maldita Clase Media nos nombra, tal vez, injustamente, a pesar de que en situaciones críticas, su inveterado temor a la proletarización la ha llevado fácilmente al extravío y a prestarse como apoyo de aventuras autoritarias, vale recordar el patrocinio entusiasta que recibió el nazismo y el fascismo en Alemania y en Italia.
   Pero, quién sabe, quizás con un poco de buena voluntad, rascando la costra patética que la envuelve y nos envuelve, alguno se salve.