diciembre 1999
Nro 30
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

Carlos Záttara - Carlos Bruck - Eduardo Tacconi - Carlos Einisman - Juan Ignacio Prola - Noé Jitrik - Rebeca Hillert - Carlos Pérez - Sergio Cecchetto - César Schwank -  Vilma Simioni - Elsa Pfleiderer - Rodolfo Aldasoro - Edgardo Gil - Diego Tatián - Gustavo Cosacov

  • Arte de Tapa:

  • DISEÑO  Darío Delari

INDICE


  • EDITORIAL

  • La Risa - N. de la R.
  • CRITICA CULTURAL

  • Esa canción es un pájaro lastimado - Carlos Záttara
  • NOTA DE TAPA

  • Acerca del Humor - Carlos Bruck
    Pensadores Argentinos - Eduardo Tacconi
    Séptimo sentido - Carlos Einisman
    De la Santa Risa - Juan Ignacio Prola
    Del Humor oneroso - Noé Jitrik
    Vean ustedes - Rebeca Hillert
    ¿Cómo voy a andar si estoy... ? - Carlos Pérez
    Cuentito sobre científicos - Sergio Cecchetto
  • NOTICIAS DEL MUNDO

  • El Paraiso Perdido - Vilma Simioni
  • CIUDAD OCULTA

  • GERIATRICOS : La última morada - Elsa Pfleiderer
  • POR AQUI PASARON

  • Los Artistas de la Contraventa - Rodolfo Aldasoro
    Desde la Orilla - Edgardo Gil
  • SALA DE PROFESORES

  • La Filosofía para niños - César Schwank
    Lotecito
  • VIDAS PARALELAS

  • Diego Tatián - Gustavo Cosacov



EDITORIAL

 
 
La Risa
                    N. de la R.

   Existen distintas formas de mirar para los que estamos en el llano (el poder sólo mira desde arriba). Una de ellas, la mirada catártica, consiste en acercarse tanto al objeto mirado que se termina por identificarse con él. Así, el espectador descarga su emotividad, libera sus pasiones más extremas y violentas, junto a los acontecimientos que pasan ante sus ojos. Descarga sobre el objeto mirado los elementos más espurios de su personalidad.
   Otra mirada, también basada en la emoción, es la redentora, que se funde con el objeto mirado hasta el punto de invertir el proceso: es la mirada del sacrificado, del que carga las culpas ajenas, del redentor. Libera al objeto mirado de su carga, cargando con su cruz.
   La mirada cómica, en cambio, no está timoneada por la emoción sino por la inteligencia: aleja al objeto mirado, pone distancia entre lo mirado y el que mira. Permite conjurar el peligro de un contacto demasiado estrecho con lo mirado, evita sufrir, sentir dolor o lástima, evita la culpa y cargar con el fardo ajeno. Evita descubrir en el otro que miro mis propias limitaciones, mis culpas, frustraciones, el sinsentido de mi vida. Es casi un mecanismo de defensa, elude el riesgo y se afirma en la propia seguridad. Lo cómico es la vida contemplada desde afuera. "No hay risa sin seguridad. La risa del hombre amenazado es más el resultado que la causa de su victoria sobre el miedo" (Escarpit). El que ríe ya ha llegado a la otra orilla, pisa tierra firme después del naufragio.
   Toma conciencia plena de su seguridad precisamente porque ésta ha sido amenazada. La risa se ejercita contra lo que tememos, y a veces también contra lo que admiramos. Todos los pueblos sometidos se desahogan inventando chistes que ridiculizan a sus opresores.
   En El nombre de la Rosa, novela que Umberto Eco dice haber escrito porque descubrió que hay cosas sobre las cuales no se puede teorizar pero sí narrar, un siniestro personaje es responsable de una serie de muertes situadas en una abadía benedictina del siglo XIV. El asesino, el abad superior, justifica su accionar como una voluntad de dios para impedir que un libro llegara a ser estudiado. ¿Cuál era el misterio de este libro que podía deparar un grave peligro al poder feudal y medieval, hasta el punto de justificar tantas muertes? Se trataba del segundo libro de la Poética de Aristóteles, considerado perdido o jamás escrito. Allí, el filósofo vería en la disposición a la risa una fuerza buena, de valor cognoscitivo, que a fuerza de mostrarnos las cosas distintas de lo que son, nos obliga a mirarlas mejor, a verlas como nunca antes fueron vistas. Una mirada que nos muestra al mundo peor de lo que es, peor de lo que nos muestran la historia oficial con sus próceres y santos, y que nos permite alcanzar la verdad.
   El Filósofo –argumenta el asesino– elevaba la risa a la condición de arte, la convirtiéndola en objeto de filosofía y de pérfida teología: "La iglesia puede soportar la herejía de los simples, que no dejan huella alguna y se consume como se consume el carnaval. Pero que el gesto no se transforme en designio, que esa lengua vulgar no encuentre docta traducción. La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto y, por lo tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo (tan necesario para el resplandor de Dios) es un acto de sabiduría. La risa distrae del miedo. El que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte. La ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor a Dios. Y de este libro podría saltar la chispa que encendería un nuevo incendio en el mundo, y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. De este libro podría surgir la nueva y destructiva aspiración a destruir a la muerte a través de la emancipación del miedo. ¿Y qué sería de los pecadores sin el miedo?".
   Siempre, desde el poder, se permite el momento de fiesta, carnaval o feria que descarga los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones. Pero siempre y cuando la risa sea tomada como debilidad, como rasgo de inferioridad, como distracción del pobre, licencia del borracho.
   En el país, los ideólogos e intelectuales de lo instituido han militado en defensa de lo serio, solemne y aburrido, atributos exclusivos e indispensables de lo "culto". Siempre loqueando con el poder, su actitud parece más una excusa para detentar un conocimiento y una autoridad que los privilegie sólo a ellos y evite que sus beneficios se extiendan a las mayorías. Y ahí los vemos, en las revistas de moda, como bufones del poder, ejerciendo desvergonzadamente su alegría obscena.
   Pero aún en las peores épocas, a la cultura oficial, al tono serio y religioso del poder, siempre se le ha opuesto una visión del mundo, del hombre y las relaciones humanas totalmente diferente y deliberadamente no-oficial. Se trata de esa siempreviva y entusiasta tradición que ha existido a lo largo de los siglos bajo las infinitas formas y manifestaciones de la risa.
   Y es el poder, sin atributos divinos hoy, el primer interesado en que la relación de dominio siga siendo tomada en serio. Hay que valerse de la risa para desarmar la seriedad culpabilizante del sistema; y a la carcajada desfachatada del poder, oponerle la seriedad del que no admite ser objeto de su burla. La risa exculpa. Si no cura el mal, al menos nos permite desautorizarlo, perderle respeto, emanciparnos de él.