septiembre 2000
Nro 39
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

Raúl Favella - Horacio Caimi - Paul Citraro - Raúl Leani - Juan Carlos Muñiz - Roberto Retamoso - Marcelo García Lacombe - Raúl Fortín


  • Arte de Tapa:

  • DISEÑO: DG:  Angelina Araiz
                     DG:  Javier Pighin

INDICE


  • EDITORIAL
    Dimes y diretes de un país que ya no exite más - N. de la R.
  • LLEGO A NUESTRA REDACCION
    El alquimista democrático - Raúl Favella
  • CRITICA CULTURAL
    Ladran, Che ... - Horacio Caimi
    Vamos a ver ... - Horacio Caimi
  • MUSICA
    Maceo Parker - Funkoverload - Paul Citraro
  • NOTAS
    La argentina en crisis y su impacto en las personas - Raúl Leani
    La vida desdibujada - Juan Carlos Muñiz
    Proyecto museológico para la ciudad de Venado Tuerto - Raúl Fortín
  • SUPLEMENTO DOCENTE
    La Literatura y el Saber Literal - Roberto Retamoso
    La educación del año 2001 - Marcelo García Lacombe



EDITORIAL

 
 
Dimes y diretes de un país 
                      que ya no existe más                  
N. de la R. 


    Agosto es el enero del primer mundo. Los amigos argentinos radicados en el exterior, vienen de visita a su antiguo país. Abundan los encuentros, los asados y las discusiones. Argentina, el gran tema, es motivo de devaneos y discordias. Ellos nos ven demasiado reconcentrados en un discurso desesperanzado. La pregunta salta inmediatamente: ¿se puede estar de otra manera? Ellos se niegan a considerar a la Argentina un país acabado. Nosotros, imposibilitados para apartarnos de nuestra condición de “protagonistas”, nos inclinamos por pensar que las cartas están echadas, que es una ilusión seguir hablando de Argentina en términos de país. Tal vez lo recomendable sea no hacer futurología, pues creer que el país está acabado es una creencia tan absurda como decir que tiene una salida, en ambos casos estamos apelando a una cuestión de fe para hablar del devenir.
    Hay datos de la realidad que son bastante elocuentes: los gobiernos nacionales no pueden sustraerse a la inercia de la globalización. “¿Qué país puede decir hoy que existe una vía nacional?” –pregunta Antonio Negri en su polémico libro Imperio.
    Además, cuando hablamos de país, hablamos de nosotros. Somos nosotros los que elegimos a nuestro gobernantes, los sin vergüenza, los que dejamos en libertad a los torturadores, los que gobiernan, los que dejaron al país sin subsuelo ni recursos, los que rezan en el santuario de Rodrigo, los que llevamos flores a la Fundación Favaloro, los que se suicidan, los que se van pensando que en otros países está la salvación. Existió la posibilidad de otro país, pero perdió, ahora es minoría. El que ganó es este: el de Tinelli, el de los 40 principales, el de las coimas y las privatizaciones.

    Pero los procesos históricos tienen tiempos que no se apiadan de los tiempos individuales. Y mientras vivimos nuestras vidas, el devenir acontece y no espera a que comprendamos. ¿Cómo se puede sobrellevar una vida que fue organizada sobre la base de una idea del mundo que se ha agotado? Aún hoy pensamos nuestras vidas con categorías copernicanas, como si todavía fuéramos el centro del universo. Partimos del supuesto de que nuestras acciones merecen una suerte particular, y reclamamos a un ente exterior (dios, destino, etc.) por el derecho a una vida más digna. Pero la dignidad es otra cosa. No somos tan importantes como creemos, nuestras tragedias particulares no tienen estatuto universal más que por su pertenencia genérica.

    ¿Quién se hace preguntas fundamentales? Pensar es sinónimo de complicación. Hoy preferimos ver Café Fashion, hablar con la lengua del poder y caer en el desconsuelo y el fracaso como única alternativa de la condición humana.
    León Rozitchner, una de las mentes más lúcidas y conciente del país, contra todos los pronósticos es optimista: “hay que encontrar las razones de un optimismo nuevo que no se apoye en ese pensamiento ‘realista’ que afirma como consuelo y hasta con rasgo de valentía, que todo lo cruel que nos sucede ahora, siempre ha sucedido: que la destrucción acompañó siempre en la historia a toda la humanidad”.
    Nosotros, con él, decimos que vale la pena vivir, que es menester no rendirse, que debemos retornar a abrir el espacio de las primeras marcas fundadoras de la vida y desobedecer, siempre desobedecer.