Enero de 2001
Nro 43
La creciente intención de emigrar, en los últimos tiempos ha alcanzado cifras realmente asombrosas: 1 de cada 5 argentinos quiere irse del país. LOTE hizo circular por internet una encuesta para argentinos radicados en el exterior con el objeto de indagar cuál era la suerte que les espera a los millones de "desahuciados" que ven en Ezeiza la única salida para el país y analizó esta compulsión migratoria a la luz de una agobiante realidad que a lo largo de los últimos 30 años fue íntegramente construida y rubricada por argentinos. ¿Cuál es el futuro de una sociedad que no quiere hacerse cargo de sus propios actos? ¿Cuáles son las fantasías que anida esta histeria migratoria? Ficciones, indecoros y profecías del tango triste del desencanto.

 

  • Arte de Tapa:
    DISEÑO: DG:  Angelina Araiz
                     DG:  Javier Pighin

 

INDICE




EDITORIAL

 
 
La paradoja de ser argentino

N. de la R.

"verdades que de puro hondas
engañan más que mentiras"
Chesterton

 

 


    Bernardo Ezequiel Koremblit, en un libro del año 87, dice que el mago de la literatura inglesa y uno de los escritores más inteligentes del siglo -se refiere a Chesterton- creó la paradoja para eclipsar el aire arrogante con que la razón demuestra sus certidumbres. El libro se llama Coherencia de la paradoja, y como en un esfuerzo por demostrar su tesis, alcanzó el olvido antes de ser conocido. Koremblit habla de una coherencia que habita en el núcleo mismo de la paradoja, de una cualidad inherente a los actos humanos que antes de alcanzar la estatura de contradicción se desvanece para emerger bajo la forma de revelación desconcertante; y mientras no caigamos en la cuenta, pagaremos el mismo precio que esos jueces que todo lo corrompen con su elogiable incorruptibilidad.

En la misma línea, la argentinidad parece destinada a expresarse a través de la indolencia con que invariablemente organiza la fatalidad que la incluye, como si la naturaleza de esa grácil pertenencia patriótica no pudiera deshacerse del analfabetismo político con que piensa lo particular, ilusionada en que el todo le será indiferente, y hasta indulgente.

Pero el cuerpo social, a pesar nuestro, sigue siendo la materialidad objetiva donde invariablemente se prolonga lo propio; y no hay Dios ni Virgen Desatanudos que nos ahorre lo que de nosotros haya en este presente que arrastra todos los pasados.

Más papistas que el Papa, nos comimos el verso de Neustadt y ahora el país se ha convertido en una braza candente que nos quema en las manos, negando la relación fundante con la voracidad neoliberal que practicaba una paciente y placentera sodomía mientras nos dejaban jugar a que éramos los isidoros cañones del mundo.

Ahora lloramos nuestra suerte como gatas floras, sin un mínimo de coraje para asumir nuestra condición de putas baratas que forjamos con la dictadura, la euforia nacionalista de Malvinas, el silencio redentor de Alfonsín y la abyecta fiesta menemista.

De La Rua, también es nuestro, somos nosotros. Y este ataque histérico de nihilismo post-moderno con que pretendemos desvincularnos de lo colectivo negando la realidad, no alcanza para evitar que la sangre llegue al río.

Sin embargo, la fiebre migratoria de los últimos tiempos, lo mismo que el incremento de suicidios, evidencian una vez más -además de nuestra proverbial cobardía- la fantasía absurda de suponer que desentendiéndonos del problema se acabó la rabia. Error: al perro hay que matarlo para que su pócima espumosa deje de producir muerte. Argentina existe más allá de nosotros y, mal que nos pese, su destino está atado a nuestras decisiones enrostrándonos la desidia con que diariamente rubricamos nuestro pasaje al cadalso.

La infinita negligencia de la que somos responsables descansa sobre la más tortuosas de las conciencias: la de habernos declarado prescindentes cuando más hacíamos falta.

Como dice el Toto Schmucler tratando de explicarse los inexplicables crímenes de la Shoa, el mundo digno no vendrá como consecuencia de la Redención, sino al revés. Y como una sabia paradoja, ese mundo es responsabilidad de los hombres, de nadie más.