marzo de 2001
Nro 45
PARTICIPAN EN ESTE NÚMERO:

Raúl Favella - Eduardo Tiscornia - Fernando Peirone - Gabriel Zaid - Raúl Rossetti - Horacio Caimi - Eduardo Médici - Sergio Arbonés


  • Arte de Tapa:
    DISEÑO: DG:  Angelina Araiz
                     DG:  Javier Pighin

INDICE




EDITORIAL

 
 

"La gran tragedia humana" N. de la R. 


    No hace mucho, disfrutando del solaz que dispensa conversar en compañía de Eduardo Tiscornia, nos comentaba que el paso del tiempo lo ha obligado a verificar que aparte de canas y achaques, la naturaleza tiene la costumbre de demostrar su potestad sobre los mortales infligiendo una serie de mutaciones un tanto injustas, si tenemos en cuenta la vitalidad que nos prodiga cuando nos acoge la inexperiencia. Así, si tenemos la suerte de vivir, seremos testigos de cómo aquellas partes que nacieron para ser flexibles y voluptuosas de a poco se convierten en fibras endurecidas y vencidas por la inclemencia de la gravedad, tanto como aquellas que habiendo sido diseñadas para mostrarse turgentes y altivas son ganadas por la innoble flacidez y el desánimo. Como si esa ley natural tuviese una contrapartida en el insondable territorio del pensamiento, los años no disipan las dudas, las reproducen.

   Tal vez de ese modo podamos explicar por qué en el Nº 37 de LOTE, basándonos en un trabajo del propio Eduardo Tiscornia, volvimos a plantear una pregunta que ya Erich Fromm se había hecho en los años '50, cuando la escalada armamentista de la guerra fría amenazaba la esquiva suerte del planeta tierra: ¿podrá sobrevivir el hombre? A la vista del comportamiento que el género humano ha demostrado desde su aparición en el planeta, era pertinente preguntarse sobre la viabilidad de una especie que se presentaba como su propia amenaza. Y así lo hicimos, convocando a seis investigadores de distintas disciplinas que dieron su parecer. Después de ocho meses y ocho números, cumpliendo con la ley, las dudas se han incrementado, por eso retomamos el tema, pero esta vez desde otro lugar.

¿Cómo puede ser que con todos los elementos a su disposición para ser otra cosa, el hombre se obstine en sostener la inercia de un mundo cada vez más inhóspito e injusto? ¿Cuál es la lógica de un sistema que deja fuera de juego a las dos terceras partes de la humanidad?

El hombre, habiendo creado los instrumentos suficientes como para hacer de la tierra un lugar más equitativo y habitable, opta por esta indolencia que conlleva un riesgo real de autodestrucción. ¿Por qué? Si hacemos un esfuerzo, podríamos concentrar todas las preguntas en una sola: ¿el género humano es lo que quiere o lo que puede? El planteo es casi como un remedo de las palabras que Shakespeare puso en boca de Hamlet: "ser o no ser, esa es la cuestión. Cuál es más digna acción del ánimo, ¿sufrir los tiros penetrantes de la injusta fortuna, u oponer los brazos a este torrente de calamidades y ponerles fin con atrevida insistencia?"

Tiscornia habla del Karman, un vocablo sánscrito que significa acto y que por estos días posmodernos hemos preferido convertirla en una "suerte" que se organiza fuera de nuestro alcance. El vocablo original se parece a otra de origen helénico, la tragedia, que componen las voces Gesetz (ley) y Strafe (castigo). En ambos términos, el magma original del que devienen el tiempo y los individuos, marca y estigmatiza el desarrollo de la historia, por lo cual ningún acto es gratuito y sus reverberaciones tienen consecuencias directas en todos los rincones del planeta. El Karman, como la tragedia, atañe colectivamente a todos los miembros de una familia, nación o cultura, es la suma y combinación de todas sus partes, y es en ese misterio combinatorio donde se decide la suerte común. Entonces, ¿cuál es la posibilidad de mantenerse neutro frente a lo que pasa? ¿Cómo no ver una ideología en quien decide unilateralmente que el hombre sea este cóctel insalvable y nunca otra cosa? ¿Qué extraños meandros recorrió la mente que piensa tan a la medida de lo que necesita el establishment?

Dicen que lo trágico aparece en el preciso momento en que lo irrisorio ya no consigue ser divertido. Ese delgado límite separa a dos bandos, los que decidieron tomarse la vida con soda y reírse de su eximio absurdo, y los que viven a la existencia como una angustia imperecedera que nos acompaña a lo largo de la vida como una sombra irremediable. Los primeros son los que asumen los tiros de la fortuna, los otros los que oponen sus brazos al torrente de calamidades y deciden ponerle fin a su atrevida insistencia.

Usted, como nosotros, tiene la posibilidad de adherir a cualquiera de las posiciones. Lo que no podrá decir es que su posición no es ideológica.