Valer la Pena

 

 

Por Jorge Boccanera

 

Me pasa con Gelman que vivimos en los mismos lugares pero en momentos diferentes. Será por eso que dijo alguna vez en alusión a esos desencuentros que nosotros somos los tipos que más nos vemos menos. Creo que con la crisis, todos los argentinos nos vamos convirtiendo en los tipos que más nos vemos menos. Por eso solemos tener temas pendientes. Y seguramente este acto de presentación de su nuevo libro, Valer la pena, será, al mismo tiempo, varios actos y un solo tema: la búsqueda.

Porque a la búsqueda de lo inapresable, de la poesía, se liga una búsqueda terrenal, la de su nieta, la de su nuera.

Resulta imposible no comenzar por el tema de su nieta; ya que el mismo libro está atravesado por esa búsqueda. En una entrevista reciente el poeta decía: “fue una escritura con sobresaltos, con interrupciones. En la búsqueda uno de pronto tenía la cabeza, el corazón, la sangre, puestos en otro lugar”. A fines de marzo del año pasado Gelman finalmente halló a su nieta en Montevideo en una búsqueda que fue en sí misma una denuncia contra el horror y la desmemoria del horror. Una búsqueda que se continúa, porque sigue buscando, ahora a su nuera Claudia Iruretagoyena.

 

Gelman había arrojado en 1995 una botella al mar con un mensaje: “Carta abierta a mi nieta o nieto” y cinco años después, como sabemos, la botella encontró su destinataria. De algún modo venía escribiendo esa “Carta Abierta” desde que secuestraron a su hijo Marcelo y a Claudia, su nuera embarazada, en agosto de 1976 y los llevaron a un campo de concentración que el cinismo bautizó como “El Jardín”. Era una carta tan extensa que mal podía caber en una botella. Entre el papel y la mano que escribía, había un rostro difuminado a ratos por una mancuerna brutal: la incertidumbre y el dolor. Era una carta con silencios, preguntas, certezas, deseos, desacomodos y pareceres (“tal vez tengas los ojos verdegrises de mi hijo o los ojos color castaño de su mujer, que poseían un brillo muy especial y tierno y pícaro”) decía la esquela.

De todo ese tiempo rescato una palabra que es recurrente en Gelman, “confianza”, pero más que paciencia, convicción, esperanza movilizadora; una forma de persistencia y de reclamo constantes. En su momento me llamó la atención una carta que le enviaron a México los alumnos de una escuela primaria de Villa Ballester. Los chicos, enterados de la búsqueda de su nieta, le decían: “no flojés” que era como decirle en el lenguaje de los pibes de hoy “aguante Juan”. En el Ateneo de Madrid a inicios de los 90 hablando sobre los miles de desaparecidos de la Argentina, Gelman pronunció esa palabra “confianza” y llamó a mantener despierta el alma ante el horror y todo lo que intenta borrarnos la esperanza.

Esa esperanza es demanda y reivindicación; “no quiero otra noticia sino vos” –escribió en un poema del libro Carta Abierta dedicado a su hijo– porque cualquier otra cosa es apenas harapo de la verdad, “migajita”, dijo, “donde se muere de hambre la memoria”.

Hay una carta que Gelman nunca deja de escribir; habla de la esperanza y dice que hay que seguir exigiendo justicia. En suma está hablando de espacios que remiten a la libertad, que es conciencia de las propias necesidades, vale decir: de aquello que vale la pena. Y Valer la pena es el libro que hoy nos convoca.

 

Confiar en el misterio

Hace algunos años, en un congreso de escritores realizado en Buenos Aires, Juan Gelman deslizó esta frase:“tengamos confianza en el misterio, sin pretender otra cosa... Hay tanta vida por delante todavía”. Esa consigna de Gelman de “confiar en el misterio”, que utilicé como título de un ensayo que escribí sobre su obra, no la voy traicionar aquí intentando presentar su poesía, no tengo ninguna pretensión de dar cuenta de una poesía que se cuenta ella misma. Pero sí puedo acompañarlo. Y acompañarlo significa compartir la aventura de su imaginación, abierto a su gestualidad, a su textura, a su murmuración, a lo que suscita y provoca.

Alguna vez dije que Gelman adentra al lector en su respiración ondulante y naufraga con él, como esos prestidigitadores que se apoyan en el atisbo y se asombran junto al espectador a medida que sucede lo inesperado. Y confiar en el misterio es internarse en esa selva de palabras que palpita y se renueva en cada lectura, con la pasión de quienes dialogan, autor y lector, envueltos en una red de interrogantes.

Así, este nuevo libro de Gelman, ya desde el título abre varias puertas, propone lecturas diferentes. Valer la pena: diría que lo que cuesta vale, y su precio es la pena. Diría: uno anda penando por aquello que vale la pena. Uno a veces consigue su propósito, a duras penas. Diría: el alma en pena, quiere trascender la pena. Valer la pena es encontrar un sentido a las cosas, a la vida. Remite a merecer. Marechal dice: con el número dos nace la pena, alguien asiente y agrega –creo que Faulkner– “entre la nada y la pena, me quedo con la pena”.

Lo que vale la pena, para Gelman asume siempre un lenguaje de riesgo, trata de eludir una retórica cristalizada, esa “maquinita de hacer versos” según sus palabras. Por ello, ante cada hoja en blanco desbarata sus propias certezas. Autor de una obra dilatada y espléndida, que “desarma los jamases del mundo” –le robo esta frase que dedicó a Olga Orozco– lejos de apoyarse en fulgores pasados, Gelman está magnetizado por aquello que se presenta como desafío, a sabiendas, como él mismo sostiene, de que “la poesía es lenguaje calcinado” en un territorio donde el silencio tiene la última palabra. La paradoja de la poesía es que en el espacio del silencio se imprime su intensidad, el alerta de los sentidos; un silencio que lejos de ser un vacío es un todo gestando.

Será por eso que la contundencia de sus imágenes se da en un marco de despojamiento; como si los grandes ademanes que a ratos tiene la poesía pudieran interferir sobre aquello que quiere expresar. Lenguaje calcinado, entonces, que remite a búsqueda de lo esencial, de decir solamente aquello que valga la pena.

Si una imaginación tiene la capacidad de poner a trabajar a otra imaginación; quizá ese valer la pena puede alentar a buscar un sentido de la existencia. Esa imaginación vale la pena. Mi carruaje es la imaginación, dice un poeta, y otro más acota: es nuestra madre, y Gelman agrega: “la relación entre imaginación y memoria es tan intensa que crea otra memoria”. En Gelman esa imaginación frondosa es la herramienta con la que interroga pasado, presente y al porvenir.

Las formas expresivas que le son propias a su poesía, van montadas en pelo sobre la obsesión y dan, según estén orquestadas, un libro distinto cada vez. Lozano y todo, este nuevo título de Gelman, a mi modo de ver, más que integrarse a los últimos libros –Salarios del impío, Dibaxu e Incompletamente– retoma una producción anterior que no privilegiaba un tema único y un rasgo formal determinado (exilio, voces apócrifas, poesía sefardí, místicos españoles, etc.) sino que desde una atmósfera cotidiana entre retratos, nietos y vecinos nombra a Kosovo, los compañeros muertos, el amor, el otoño, la lluvia, los gatos, los agujeros de la palabra. Cualquier detalle, el lugar donde se ubica la llave del gas, por ejemplo, desata una suma de reflexiones, una metafísica. En este sentido, a ratos se asemeja a Cólera Buey, uno de los vértices de su obra.

Valer la pena, con poemas escritos entre 1996 y el 2000, lleva todas las marcas de su poesía. Podría decirse que en este libro se juntan todos los Gelman: el que reflexiona a base de preguntas, el que compendia en un remate sorprendente, versos que eran apenas un temblor, el que introduce imágenes fulgurantes en un aire de conversación informal, el tanguero (“el sueño es un trabajo absurdo”), el del trazo irónico, el que cuenta lo que escucha de otros y se ubica como correa trasmisora en medio de una convención callejera (“dicen” tal cosa, “dijo Auden”, “dice Jan Rainer”, etc.) y el pasajero de una angustia de fronteras borradas (“la muerte me comercia/ tu saliva está fría y pesás/ menos que mi deseo). Y sobre todo, el Gelman dinamizado por una lucha de contrarios, ese hacer repujado por la antítesis y la paradoja, porque la poesía misma se alimenta de antinomias, es –según sus propias palabras– “un árbol sin hojas que da sombra”. La paradoja apresa el carácter contradictorio de la realidad y devela lo esencial. Abrigado por este desabrigo el poeta dice: “lo único que no se pierde es la pérdida” y también: “el corazón pasajero no es/ pasajero del corazón”.

Dijimos que el tema era la búsqueda, distintas búsquedas de Gelman, cuyas palabras avanzan en base a dos movimientos que en su raíz etimológica se hacen uno: buscar y cuestionar. Cuestionar, es una marca de los años 60, 70, remite a cuestión (el primer libro de Juan se llamó Violín y otras cuestiones). Cuestión es asunto a tratar, cosa a dilucidar. Hay una urgencia por las cosas que valen la pena. Cuestionar, cuestionario, preguntas, engranajes que, que en el caso de Gelman, ponen a funcionar la gestualidad del que inquiere, interpela, exhorta, de modo que la obsesión aparece amplificada; pierde los soportes lógicos, se relativiza para luego afirmarse. Julio Cortázar dijo que: “Cuando Juan pregunta se diría que nos está incitando a volvernos más lúcidamente hacia el pasado para ser más lúcidos frente al futuro”.

 Confiar en el misterio es vislumbrar una imaginación en movimiento –no hay otro modo de acercarse a sus textos; hay que leerlo, y vuelvo a Cortázar, sin “las telarañas de la costumbre”. Se trata de un poeta vidente, en el sentido que le daba al término su amigo, el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón: “la videncia es reflexión vertiginosa”. En una urdimbre que liga lo habitual con lo irracional, coexisten sin esfuerzo, dialogan en el libro un grabado erótico y un amplio reportaje a la realidad. Uno dice: “el esplendor del tiempo respira/ en el hombro de una mujer”; el otro: “hay miedo en la memoria prohibida”. Dialogan la historia y la esperanza. Una dice: “rostros perdidos en el tiempo para que el tiempo tenga rostro”; la otra dice: “¡Ah, vida, qué mañana cuando termines de escribir”. El viento que mueve las hojas de la enredadera se llama utopía, y sus hojas no dejan de crecer, porque “oyen sueños”.

Decir historia, decir utopía, es hablar del tiempo. Un tiempo que en este libro está representado por la luz, una luz “que no cesa de gastar lo que ve”, es un tiempo a caballo entre lo remoto de lo inmediato y la novedad de lo antiguo.

Siempre la búsqueda y su razón de ser: aquello que vale la pena. En libros anteriores, además de la búsqueda formal había una suma de búsquedas: personas, países, recuerdos. En Valer la pena el poeta va a encontrarse consigo mismo: dice: “es hora de preguntar quién soy”; tiene una certeza : “seré yo para mí”; una pena: “el que soy para mí es un error furioso”, una duda: “no sé si soy el fantasma que me visita”, un consuelo: “he sido, al menos, y una presunción: “lo que mi infancia no sabe/ yo tampoco lo sé”. La fluctuación revela espacios intercambiables de una plenitud con espacios borrados que busca su sí mismo en aquello que vale la pena; la belleza de la verdad y la verdad de la belleza. Vuelto uno con su hacer, al poeta le cabe una línea de su amigo, el poeta Cardoza y Aragón: “no escribo sobre papel, estoy tatuándome”.

Como simple lector, esta poesía me deja sensaciones varias. A ratos pienso que Gelman hace poesía calcando a la imaginación, por eso puede “alumbrar”, dar a luz, textos que, lejos de los muñecos fabricados en serie, salen aquí como los recién nacidos: amoratados, atados a un cordón, con restos de placenta y manchas de sangre, moviendo los brazos y las piernas por vez primera, estrenando el llanto, desperezándose con la piel arrugada. Así es esta emoción razonante. Esta voz que no baja los brazos. El poeta se sienta a la mesa y escribe: “se abren los pedacitos del amanecer/ en un rincón de la lengua”

Dijo Gelman, “confiar en el misterio” y escribió este libro, Valer la pena. Lo que vale la pena, es el misterio.

 

 El presente texto, cedido en exclusiva a Lote due leído en la presentación del libro de Gelman “Valer la pena”, 4/10/2001, complejo La Plaza, Sala Pablo Neruda