El cuerpo como lenguaje

 

  

Por Carlos Einisman

 

Adelanto de la conferencia que el autor brindará en el 1º Encuentro Internacional de Salud Natural, Belleza, Arte y Recreación que se realizará en la Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, SC, Brasil en Noviembre de 2004.

 

 

Desde hace unos años, asistimos en Occidente a un resurgimiento y revalorización del cuerpo humano encarnado en una multitud de propuestas: estéticas; deportivas; expresivas; de integración; diagnósticas; terapéuticas; etc. Si intentamos trazar el complejo mapa de los numerosos saberes y prácticas que compiten en el cada vez más diversificado mercado de lo corporal, encontraremos que van desde las concepciones astrales y místicas, pasando por terapias basadas en la acción de piedras, esencias florales, sonidos y punturas, hasta las propuestas de la medicina científica con la más avanzada tecnología. Lo caracterizamos como mercado en la medida que, más allá de la referencia al carácter de mercancía de casi todas las prácticas, actualmente la salud; la belleza; el rendimiento deportivo o el mero bienestar son considerados resultados de un determinado proceso productivo, es decir: productos, donde la práctica realizada cobra el carácter de medio o instrumento para satisfacer una necesidad, un deseo o para recuperar un equilibrio ilusorio o deseable, según corresponda.

La necesidad de trazar un mapa que nos oriente, se topa con un impedimento. La dificultad para realizar un balance comparativo o un análisis costo-beneficio entre tan disímiles sistemas, por la imposibilidad de establecer un método que establezca alguna equivalencia entre las distintas teorías y practicas que conciben el cuerpo como para, posteriormente, proceder a su comparación. Para poder comparar primero debemos establecer un parámetro; ahora bien, esto es imposible. No obstante, nuestra creencia corriente es la de que el cuerpo, el mismo cuerpo, aunque tomado desde distintos puntos de vista, es lo supuestamente común a todos estos sistemas. Este tema, el de la ilusión de un mismo cuerpo, soporte de tantas y tan diversas propiedades, ya ha sido objeto de otro análisis (1). Justamente por la coincidencia de su objeto: el cuerpo, entre estas tan variadas disciplinas, es que se hace necesario plantear el problema de las pautas que regulen el diálogo entre ellas. Diálogo que inevitablemente se establece por la coexistencia, y hasta ahora caracterizado por una generalizada dificultad para escuchar a los otros. Este diálogo que, para ser posible, no puede regirse con las pautas de una determinada noción de corporalidad tomada de antemano como verdadera en detrimento de las demás.

Permítaseme aquí una breve digresión de tipo etimológica. Diálogo esta compuesto por dos términos griegos: dia, que significa “a través” y logos, que se traduce como “palabra, razón, fundamento o sentido”. Pero más allá del tecnicismo, muy distintas serán las posibilidades del diálogo, según se lo entienda. No es lo mismo la búsqueda del fundamento, que las más de las veces termina en una puja por saber “quién tiene la razón”, es decir, que supone a la verdad como un trofeo; que el mirar a través del sentido, poniéndolo en juego e intentando acompañarlo en su despliegue siempre renovado. De estas diferentes concepciones del diálogo, dependen las perspectivas de los grupos que intentan la comprensión de fenómenos tan complejos como los que nos ocupan. Consideramos a la amplitud de criterio, a la iniciativa de abrirse a lo diferente, más que una mera capacidad personal que puede darse en ciertos individuos, como un modo de ser, pensar y decirse las cosas y el mundo, y por añadidura, también como un modo posible de serse humano.

 

¿Con qué parámetros evaluar la “seriedad” de las distintas prácticas corporales, tanto de  las que se presentan como “terapias alternativas” de los más variados géneros, como las científicas de “ultima generación”? Algunas de ellas remontan sus fuentes a lejanas épocas, o lejanas tierras, o lo que es lo mismo en términos de fundamento, a los más recientes descubrimientos de prestigiosos centros de investigación y desarrollo. O se asientan en alguna tradición milenaria, o se apoyan en el ultimo paper de moda en el mundo científico.

Quisiera entonces proponer una pauta provisoria, respecto de la coexistencia de los múltiples discursos que intentan dar cuenta del cuerpo y sus fenómenos. Para ello propongo que imaginemos a las distintas corporalidades desde la perspectiva de lo vivo, de la biodiversidad. Como si efectivamente se trataran de sistemas, teorías, creencias, etc., de distinta naturaleza que conviven necesaria y circunstancialmente en un mismo hábitat. La pauta que buscamos propiciaría la convivencia de las distintas formas de entender lo corporal y fomentando el despliegue de cada una de esas concepciones, con sus respectivos modos de corroboración interna si acaso cupiere, con las premisas y alcances que declaren y por supuesto, asumiendo toda la responsabilidad que les cabe. Este punto es particularmente relevante: sólo pueden reivindicarse derechos a condición de asumir las responsabilidades que devienen del ejercicio de los mismos.

Llamaremos a esta pauta provisoria “Ecología teórica”. Esta utilización del término ecología no pretende guardar relación alguna con el sentido usual del mismo como rama de la biología, ni encolumnarse en ninguna de las corrientes “Verdes”. Escuchemos qué ecos resuenan aún en “Ecología Teórica”. Ecología también proviene del griego: eco, viene de “oicos”, que significa casa; y logía, de “logos”, ya antes traducido como sentido o significación. A su vez, teoría viene del término griego “theásthai”, que significa mirar, ver. La llamamos Ecología Teórica, en la medida que concebimos al mundo como una infinita trama de sentidos, una caótica y fragmentaria yuxtaposición de ficciones que se dan a la vez, que coexisten. Algunas más sutiles que otras, otra más contundentes que aquellas. Donde lo que hay supera en mucho a cualquier pretensión de lo que debería ser. Cualquier parecido a la realidad, es mera coincidencia (en su  doble sentido de encuentro y azar).

Pero no somos nosotros los primeros náufragos en estas playas, encontramos en un escrito del pensador alemán Martín Heidegger, titulado “Carta sobre humanismo”, la sentencia: “El lenguaje es la morada del Ser, los poetas y los pensantes son sus custodios”. Intentemos bucear en su significado, auxiliados por las ideas antes enunciadas. El lenguaje es la morada del Ser, estaría indicando que todo lo que es, sea lo que sea, acontece en un cierto campo de significación, dentro de un horizonte de sentido, o sea, en el contexto de un determinado discurso. En el caso de las distintas corporalidades, esto indica que TODAS son verdaderas, PERO (siempre hay un pero) dentro de su propio universo simbólico. Por ello, queda inhibida la posibilidad de juzgar una corporalidad, con los criterios de otra corporalidad.

Entonces, el diálogo en el contexto de la Ecología Teórica tendría como única regla el respeto a la diferencia. Diferencia que ya no se limita a ser la pauta para distinguir entre unas cosas y otras, sino que se propone como fundamento de una libertad en las que las cosas rotan en su propio sentido, difiriendo así, de sí mismas. Re-significándose. Como plantea el paradójicamente el Maestro Jalfen (2): “es más verdadera una realidad, cuanto menos verdad contenga”. Por supuesto que no estamos fomentando reemplazar lisa y llanamente la verdad por el error, sino invitando a tener a la disuasión como forma de acceso al sentido de las cosas, en lugar de las convicciones preexistentes, independientemente de su contenido. Esto no se resuelve cambiando de convicción a partir de nuevas “pruebas”, ya que esas pruebas prueban siempre “hacia adentro” de su propio campo de significaciones. Se trata de pensar otro modo de ser las cosas y el mundo, y no de otras cosas ni de otro mundo pensados del mismo modo.

Así podría decirse que, en paralelo con aquella cita heideggeriana, que si lo que es, tiene como morada su contexto semántico: “La Química es la morada del colesterol”. Esto significa que el colesterol, tal como lo conocemos, sólo tiene sentido en el discurso bioquímico, es decir, científico y que sólo dentro de sus limites existe objetivamente y su diagnostico y tratamiento cumplen con los parámetros de eficiencia, probidad y confiabilidad. Magníficos estándares que sólo tienen sentido dentro del discurso de la ciencia contemporánea, pero que fuera de su campo teórico se transforman en excéntricos estandartes.

Una de las características singulares de nuestro pensamiento científico es el de la universalidad. ¿Hasta cuándo seguiremos pensando que nuestras propias ideas de los últimos cuatro siglos representan la “verdadera realidad de las cosas”, sólo revisable a la luz de  más conocimiento científico-técnico?

La vieja disputa entre Homeopatía y Alopatía, vista desde esta perspectiva, se presenta como el sordo diálogo entre discursos que, lejos de emitir juicios diferentes sobre problemas comunes a ambos; parten de supuestos distintos, operan con distintos criterios y llegan a diferentes conclusiones.

El problema se presenta cuando, si para ser admitida como modalidad de la Medicina, la Homeopatía debe probarse Alopáticamente. Salvando las distancias, sería lo mismo que pretender la aceptación del Rugby como deporte a condición de que se lo pueda explicar futbolísticamente, dado que se trata en ambos casos, de juegos de pelota. Lo banal de este ejemplo ilustra, no obstante, la forma en que hoy se esta planteando el tema del cuerpo, por cierto, nada banal.

“Ecología Teórica”, podría ahora traducirse como “el advertir el modo en que todo lo que es, acontece en su propia sede simbólica”. De esta manera, se sientan las bases para un diálogo que “ve a través de su sentido”, que sabe así de sus propios límites y del alcance de sus postulados y problemas.

Hoy en día, el discurso tecnocientífico es el único con la fuerza suficiente como para pretender la hegemonía sobre la realidad, fuerza que en otra época se encontraba en la religión (3), debe recordarse y tenerse presente lo que ocurre cuando un grupo de ideas olvidan o ignoran su carácter arbitrario y conjetural. Por esto, es imperioso que el pensamiento científico tenga presente que aún si fuera el único modo de pensar, sería sólo modo y que como tal debe saber de sus límites, ya que la última víctima de su desborde será él mismo, y la primera, el mundo, en su complejidad. Es absurdo y hasta peligroso, pretender que un cierto discurso funcione de “Mitómetro”, de patrón de medida para la vasta gama de teorías, saberes y prácticas que circulan en el mundo. Por la sencilla razón de que el único que cumplirá con la totalidad de sus propios requisitos, será él mismo. Esta verdad de Perogrullo es, sin embargo, la forma habitual en la que se desarrolla, cuando es posible, el diálogo al que nos referimos.

Juzgar a la Acupuntura con los elementos de la Quimioterapia, es tan absurdo como hacerlo al revés. Ambas son teorías con diferentes “domicilios conceptuales” y demuestran su contundente eficacia sólo hacia el interior de los mismos. Por supuesto que en cada caso se deberá exigir excelencia en la elaboración teórica y en la eficacia de las prestaciones, pero esta tendrá que medirse con las pautas y criterios provistos por cada práctica en particular.

Esta situación presenta un correlato práctico que debe ser planteado con especial cuidado y cuya hipotética implementación constituye un interesante problema bioético y jurídico: La clandestinidad a la que se condena a los discursos alternativos con relación al cuerpo que no tienen reconocimiento oficial, es uno de los factores que favorecen, paradójicamente, las dudas acerca de la calidad de los mismos, dudas bien fundadas en algunos casos. Proponemos que así como se controla la calidad de las prestaciones de la medicina científica con los criterios que le corresponden y por los organismos competentes, sería deseable que se hiciera lo mismo con las otras prácticas referidas al cuerpo, es decir, con los criterios y modos propios de cada corporalidad y cada práctica. De ese modo, estaríamos protegidos como “consumidores de servicios de salud”, de los charlatanes y embaucadores que hay en todas y cada una de las citadas prácticas, desde las esotéricas a las científicas. Promover la excelencia, la honestidad y la transparencia, tal como se pregona hoy en nuestra globalizada economía de mercado. Hablamos aquí de democratizar el cuerpo, oficialmente comprensible y tratable de un solo modo. Así como se admiten distintas corrientes de ideas morales, políticas y económicas en el “cuerpo social” de una comunidad, sólo se financian con esos recursos comunitarios el diagnóstico y tratamiento del cuerpo comprendido desde la anatomía, la fisiología y patología. Reiteramos: no se trata de descalificar al conocimiento científico, para reemplazarlo por otro discurso hegemónico, sino de reconocer la madurez de las personas y las comunidades para decidir sobre su cuerpo, así como decidimos sobre nuestros proyectos como nación.

Cuerpo es lenguaje. Y lo que es, se dice de muchas maneras.

¿O será, acaso, que sólo estamos preparados para la desregulación de la economía, mientras la verdad de los cuerpos está no sólo regulada por un solo discurso, el científico, sino bajo la protección y fomento estatal?

Sólo por hacer honor al espíritu de la época: ¿Cuándo seremos capaces de plantear la desregulación de la Verdad?

 

 

Notas:

1) "Lo Real es un Virus" Lote. Revista de Cultura. Nro. 33. Febrero 2000.

2) “Una moral provisional”, en “Las Tramas del Mundo”, Luis J. Jalfen, Ed. Galerna, Buenos Aires, 1996. Pág. 77.

3) Ver: "Viejos Credos, Nuevas Religiones", Lote. Revista de Cultura. Nº 18. Noviembre 1998.

 

 

Carlos Einisman es Pensador y Docente. Director del Estudio de Pensamiento Contemporáneo de Buenos Aires, Argentina, www.elpensar.com.ar