El silencio del cuerpo

 

 

Continuando con las reflexiones sobre el cuerpo que iniciamos en el número anterior, publicamos un ensayo de Guido Ceronetti traducido por Sergio Cecchetto especialmente para LOTE.

 

por Guido Ceronetti

 

Si medicas, meditas.

Si meditas, medicas.

 

No me explico la suerte de mi “fascinante artículo” como lo ha generosamente definido Roberto Calasso. Debo aceptarla porque la Fortuna hace lo que desea, aunque consciente de la oscuridad habitual de sus motivos. Hay aquí pocas gentilezas legibles, y sin embargo no he puesto en circulación libro más afortunado que éste, con alunizajes incluso en otras lenguas, acontecimiento todavía más extraño, que no me he esforzado jamás por verificar, por no encontrar siquiera adaptadas mis barcazas para la navegación en cráteres tan ignotos.

Una definición cercana que desearía sugerir es la de librito satírico.

Apareció en 1979 y lectores encuentra todavía, incluso algunos me escriben... Pero me hallo aún en vida, meticuloso y restaurador: debiéndose hacer una nueva edición por el decenio he intentado al menos enmendarlo y colorearlo otra vez, y ofrecer a los nuevos y viejos lectores pequeñas novedades escondidas aquí y allá a lo largo del tapiz apacible, resultados (para mí significativos) de crítica a mí mismo y de sucesivas meditaciones.

La Medicina, que me ha intrigado por tantos años, frecuentándola la más de las veces en los libros y en temores obsesivos de salud, ahora escapa (tengo una percepción muy neta de esto) al control historiográfico y al especulativo; ¡imaginemos al ético! Todo aquello que puede hacer ahora el pensamiento agresivo, volcado a la comprensión, en la imposibilidad de hacer reentrar, de comprimir dentro de confines morales a su aterrorizante objeto, verdadero Leviathan, es fotografiar desde puntos diversos la sombra de funesto cometa sobre la tierra, distinto de los otros, nuestros Halley cotidianos, los Halley de toda hora, pero también confundido con ellos, a veces, en nudos de atravesamientos fatales en este globo silencioso.

Me espanta la pasividad de los cuerpos, de nuestras vidas infelices, de nuestros cuerpos mortales, bajo el azote de su deseo, de su omnipotencia jamás saciada, de su deseo de hacer todo aquello que ha decidido hacer por nuestro bien, sancionado como integral dependencia en pijama concentracionario.

No se cuentan sus roturas, sus violencias a la carne, sus demoliciones, sus quebrantamientos, sus destrozos de goznes, sus secuestros, sus extorsiones, sus captaciones de consenso, sus ríos de sangre blanca, negra y roja, sus devastaciones y su rapiña cósmica de dinero privado y público. El pensamiento no sabe en qué categoría del mal ni cómo digerir especulativamente tantos rescates pediátricos, tantos rescates oncológicos, geriátricos, obstétricos, cardiológicos, sembrados a ciegas dondequiera haya médicos, servicios sanitarios, hospitales, laboratorios de análisis, albergues para crónicos. A cada rescate médico (quizás atractivamente afectuoso, pero en el fondo brutal, siempre) corresponde una genuflexión de los omóplatos y de las vértebras mentales del cuerpo, la rendición inmediata del conjunto a la orden de ceder impartida a un punto, agredido, o supuestamente dispuesto a ser agredido en breve, por el dolor.

La sátira de Molière es más remota que una estrella; toda vieja sátira sobre médicos y medicina (hasta el imbatible Knock, que designa un confín y tiene ojos para el futuro) golpeó sobre defectos humanos, sobre cinismos, ridiculeces y supersticiones: pero no está más a la medida de ninguna sátira (estamos poco preparados, sabemos todavía poco, apenas comenzamos a entender) una medicina como ésta, que de manera inaferrable, sobre casi toda la tierra, nos gobierna.

Cualquier médico de facultad es un gigante escudado y armado frente al cual el inerme nano-cuerpo se encuentra impotente para luchar, no concibiendo siquiera que un poco de renuencia le pueda ser útil, además de benéfica, o tener un significado ético, una energía curativa.

De la inmensidad de los alivios concedidos no se mide la profundidad de la devastación portada como contraparte, porque sobre este lado el quantum está más allá de la línea de sombra y la reflexión, torturada por la espantosa incerteza del pretexto moral y paralizada por los resultados triunfales, si tentase valorarla se perdería en el vértigo.

Idolatría: el pecado único, el horror de los profetas de Israel y de Judea, está allá.

Sin necesidad de carcelero, con una hojita membretada y un teléfono, han creado colas interminables de devotos que portan al ídolo, en un incesante peregrinaje, sus ofertas cotidianas de orina enfriada y de sangre succionada de la vena, de heces y secreciones vaginales para traducir en álgebras, y su reaparición, a los días y hora fijada, trepidantes por el responso de la Sibila, que hablando en cifra aleja o avecina para algunos el tiempo de la muerte. “Debo recuperarme en una semana...” –y son, de golpe, con aquella– “de ponerse al abrigo lo más rápido posible”, siete, ocho, diez existencias prendidas en un vórtice y confluyendo todas hacia una entrada abierta día y noche, donde fuman unos guardianes.

No estamos a la altura, con la reflexión, porque necesitamos saber más que aquello que se puede, de valuar el daño ciego producido a la humanidad, a nuestra verdad humana de lucha y de muerte, a nuestra posibilidad de sostener combates espirituales, de trascender nuestra miseria, la sustracción definitiva del parto a los hogares y a las comadronas, y la norma de constricción (que tiene cada vez más raras excepciones, para quien no muere de muerte repentina y violenta) de agonizar y morir en los hospitales, y jamás en las camillas de éstos, de convalecencia, sino siempre en cámaras especializadas en manipulaciones terapéuticas, penetrados por máquinas, desfigurados íntimamente por los tratamientos químicos. De hecho: nacimiento y muerte, el Hospital se ha apropiado del alfa y del omega; ¿qué cosa resta? Y ni siquiera puede liberarte de esto la muerte constatada (instrumentalmente): el funeral debe tener lugar en el interior de la estructura.

Puedo decir solamente que, avecinándose también para mí el día (¡emocionante aventura irrisoria y por esto excluida de lo posible!) es una adicción a mi angustia el temor de no poder morirme en casa, desde el momento en que, jamás es la campana sino el silbido de la ambulancia la que surca el tráfico y anuncia todas las veces: “es para ti”.

Ni siquiera estamos en condición de evaluar la pérdida que ha constituido el enrarecerse hasta la anulación de la visita domiciliaria, subrogada por el teléfono, que en las horas y en los días establecidos ofrece de manera gélida indicaciones de fármacos o dicta una futura cita.

No podíamos haber sido dejados más solos que esto, por la medicina triunfante, más enfermos que esto de privación de mano palpante el lugar del apoyabrazos de la poltrona donde se ha apoyado tantas veces fuerte, metidos allí para admirar, tras una reja de desesperación, los fragorosos desfiles de su potencia.

La mano, para seres que tienen manos (los marcianos no las tienen: ¿las perderemos nosotros?) es el microcosmos de la gracia que preserva y cura, en la inescrutable finalidad. Todas las corrientes terapéuticas cósmicas se reúnen allí, entre la primera falange y la eminencia tenar, y concurren a fabricar (en los no señalados por el sadismo o la imbecilidad) la energía secreta, acrescentable en el uso médico como también en la danza y en el mimo. Un médico que no lleve, y con gracia, la propia mano por la habitación del enfermo (dibujos de Munch, luctuosos) es un deshacedor del cuerpo, el cual le opondrá su arisco silencio de mortalidad resignada, de muerte viviente indescifrada: desdichadamente, aquel especialista distraído no sabrá nada y no tendrá remordimientos a causa de su jornada, toda plenitud sin apertura.

Goya y su médico Arrieta (por lo demás, lejano... Minneapolis, Institute of Arts...): esta imagen es un poema de humanidad que no se contempla sin lágrimas, tributo de reconocimiento a ese buen médico que, ciñéndole la espalda, se esfuerza por hacerle tragar una poción, al viejacho recalcitrante, tributo de reconocimiento más que de asombro allí resplandece: ¿pero dónde estará Arrieta? ¿En toda Norteamérica quién podría decir, hoy, que lo ha encontrado?

Goya lo ha pintado como un ex-voto; en realidad es un ex-voto de poscristianismo entre afrancesados, el médico está transfigurado en visible santidad, el Socorredor al cual se corre para abrirle la puerta. En las sombras se preparaban exequias, pero allí está Arrieta, y el setentón Goya conseguirá todavía alzarse... El esperado es Arrieta, también hoy, pero sin embargo aquello que llega es la ambulancia del servicio público: serás fragmentado... ¡En aquella niebla de sangre, átomo entre átomos, oh tu mano, Arrieta!

Tampoco estamos en grado de pensar la cantidad de Ibris cometida, en el solo territorio médico, como cantidad calculable, porque son eminencias tenebrosas que se acumulan sin volverse Entes, fabricando el destino: las Ibris coagulándose forman eso que en el hermetismo llaman “gobierno de demonios”, son violaciones activas que se tornan formas de vida sublunares, asumiendo registros de conductores...

Fijemos un momento la atención sobre un punto: sólo de las penas que les costamos a los animales utilizados para los experimentos se compone una cadena de Ibris (que siento exclusivamente como pecado de otros –rebasamiento de la ley moral dominante y no revelada) como para cubrir de frialdad todo helenismo de este y de otros mundos. La medicina, con todo su vocabulario investido de griego hasta la invasión del siglo norteamericano, no ha encontrado la manera de agregarse más Ibris, su enfermedad fundamental, su culpa de potencia que refuta el Límite.

Cuando la tierra vomite sus historias volveremos a ver todos aquellos ojos de los débiles sacrificados.

Pero me pregunto hasta qué punto la humanidad cuidada, de modo incurable, por la medicina de Occidente, está en el presente atravesada por los ratones que extermina con tanto indolente ingenio en sus laboratorios. No menciono que ellos, si bien no están solos para padecer la demencia experimental que se enmascara de gélido razonamiento, son los más, y están en el escalón más bajo, mercadería de gran mercado y la menos pertubadora de conciencia. En la mayor parte de las recetas, decimos todos, la mano que escribe está inspirada por un ratón. El ratón reina en los anaqueles de la Farmacia y su hocico astuto despunta en las camisas revoloteantes por los corredores que se saludan alegremente. Cra-cra el pequeño roedor roe roe roe...

El cuerpo no quería relaciones con el ratón, el rattus, el habitante de los graneros, de las cloacas y de las galerías, el desfigurador de cadáveres en lugares acuáticos, el signo fálico, el ensuciador de cocinas, el íncubo de los pozos y de las prisiones, y la medicina le ha impuesto el connubio, que aviene por vía de gotas y de compresas, de cosméticos, parenterales, rectales; la Medicina ha querido que el cuerpo fuese puesto entre las garras del Ratón para recuperar memoria y movimientos artísticos, bajar la presión arterial, reencontrar el sueño, perder ansiedad, poner nuevamente en movimiento el intestino, desinfectar heridas. Es el ratón el que bloquea la glándula tiroides, el que suministra los corticoides, el que reduce la próstata, el que evita un embarazo, el que aleja la poliomelitis, el que nos lava el cabello y nos estira la piel arrugada.

La mente modesta del pequeño masticador de papel vivo y muerto es la que hoy toma las decisiones históricas, la que vence y distribuye los Nobel de Medicina, asume las responsabilidades de la paz y de la guerra, archiva los famosos datos sin los cuales no avanza más el saber, provee al encadenamiento científico irremediable, desolador, del mundo. Un cráneo de ratón nos protege desde un portal putrefacto.

Existen cosas más fuertes todavía en las pandemias, por analogía, donde del ratón a la pulga se establecía un círculo que determinaba la historia humana: la influencia del ratón vía test farmacológico sobre la existencia humana introduce modificaciones psíquicas e intelectuales ignotas en las pestes de Yersin, hoy el ratón nos roe desde el fondo de su antinatural sufrir, desde sus lazaretos mínimos de muerte cierta y atormentada, y está más adentro de nuestras vidas que cuando su antepasado se precipitaba desde las moles y perseguía a las caravanas. ¿No es ya cáncer una investigación sobre el cáncer de este tipo? ¿No es ya, una investigación psiquiátrica similiar, locura?

¿Se puede hablar de sida de la mente? ¿De escondite, fuga, pérdida, caída de la inmunidad espiritual? Existen arsenales crueles de remedios –¿pero esto qué cosa puede remediar? Se puede taponar una falla similar con un fármaco ¡del tipo de los que para sacar en dos días un eczema pretenden hacer, para compensar la fatiga, un agujero en el estómago donde se deposita la fórmula y arrojar, luego de un poco de uso, los sólidos fundamentos del inevitable carcinoma! Todos los socorros espirituales al enfermo son traídos por la materia que obra en la materia, operando sobre el cuerpo de manera indecible, y no puede aferrarlos aquel que a la materia es extraño.

Causa un cierto temblor este pensamiento: la ciudad no se derrumba porque existe el analgésico, el ansiolítico, el psicofármaco, el somnífero, el sedativo, no se hunde porque esta todavía sostenida por el gusano royente de la toxicomanía lícita e ilícita. ¿Serían estos los Cincuenta Justos? ¿O se mantiene firme porque son diez, escondidos en sus cloacas, aquellas impensables, con la barba de Shem Tov y los ojos de la Sofía perdida?

En verdad su sostenerse es un incesante ceder: la ciudad se disgrega y la Ley se retrae. El fármaco no puede hacerla vivir más que provisoriamente y desesperadamente: quizá la ciudad está ya muerta, como en el visionario beckettiano Fin de partida y en Jeremías 4, 23-26. Me pregunto también dónde termina toda el Ansia que reprimimos pero que no podemos anular. ¿En un Mississippi de orina? Qué cadenas de alpechines psíquicos tienen unidas a cada una de estas megalopolis (¡todas con Alcalde!) que hablan inglés, italiano, francés, urdu...

El triunfo médico es una falla humana, porque no hemos sabido superar de modo menos injusto el dolor y la vejez y la muerte.

Una potencia así emplea necesariamente mucha canalla, canalla diplomada, temible. Una probidad absoluta se vive con incomodidad, sucumbe: la probidad relativa no puede más que atenuar un poco la tremenda energía destructiva de un aparato de fuerza tal, ininterrumpidamente en funcionamiento.

Se tiene miedo del cuerpo: mírenla en el Eros que se confiesa, en el criminal que no se libera de la obsesión, y en la medicina, que lo ha domesticado y controla. (La expresión “bajo control médico” pasa por ser un reaseguro, pero piénsenla un momento, controlados siempre, internamente, en todo momento, con aparatos, es para estremecerse).

El miedo al cuerpo, enorme, es de los más antiguos, y a él se agregaron y jamás se fueron los cristianos (los De virginitate de los Padres, los manuales de los confesores, siniestros féretros) y que no redujeron los repetidos derrumbes de murallas a partir de la vuelta del XVIII ni tampoco la disminución de los contagios, porque forma parte de los terrores metafísicos, de los cuales sólo la muerte puede liberar. (En dermatología se pueden hacer observaciones de cruel interés sobre esto).

Error creer ausente, del poder médico contemporáneo, enorme ballena antropófaga, tal miedo: en la práctica médica parece anulado, pero la voluntad de sujetarlo es un fruto de miedo. La secularización de la muerte amplía el desierto: no existe más el reparo sacral sobre la descomposición. Observamos el síntoma del miedo al cuerpo también en la atomización especialística del poder: la especialidad médica consiente en desviar la mirada de la totalidad del cuerpo, permite ahorrar la intrepidez necesaria para conocerlo por todos lados. Basta una cavidad, la boca, el útero, para que el resto quede en paz...

La permanencia, idéntica en tantas metamorfosis, del miedo al cuerpo (también del cuerpo repleto de miedo que es el cuerpo enfermo, en el cual el temor aminora) es en un cierto sentido buena, un salvataje parcial del símbolo-cuerpo, de su ser (quizás) otro, de su poder maligno (existe ¡y cómo!) y revela una falla, una impotencia, una debilidad inconsciente del aparato sojuzgador.

El cuerpo manifiesta su porfía fundamental en las nostalgias de la mente que querría reapropiarse del poder mágico disperso sobre los espíritus morbígenos rudimentarios y sobre partes de la naturaleza: pero es infinitamente más fácil y cómodo inscribirse en una Facultad y salir de ella brillantemente diplomado, pronto a controlar científicamente lo inorgánico y el mundo viviente, que tornarse mago, desarrollando habilidades dejadas marchitar en el misterio del cuerpo, mago en grado de sanar y también de ayudar a morir a quien lo desea en modo dulce e incruento, atravesando el conocimiento tradicional de las sensibilidades intactas y descuidadas, de las calidades y de las sustancias, soplando Yang en los territorios oscuros Yin de la dolorida materia.

El hambre de magia es más que legítimo, el riesgo es, siempre, que el malvado Destino la oriente, para desahogarla, sobre la estrellas del mal. Pero de magia buena hay hoy mucha más necesidad que de medicina buena.

La relación que tiene ahora la ciencia con la materia viviente y no viviente, con el alma y con Dios, es aquella que tiene el maníaco asesino con sus víctimas. Quien desea salvarse no debe cesar un momento de desconfiar, pero esto, lo sé, resulta lacerante y vuelve un calvario doble toda relación inevitable, con los médicos y sus curaciones.

El éxito relativo pero innegable de ciertos transplantes de órgano ha impuesto al deorum manius iura sancta sunto una completa retirada (Ibris más allá de todo grito) y al derecho de los vivos la introducción de normas que cambian, esfuman, trastornan la noción de muerte y sus definición legal: porque de muerte debe haber bastante para que el cuerpo pueda ser aprehendido y empleado sustrayéndole órganos vitales, pero no tanta como para congelar completamente el residuo de latido, vital en los mismos órganos destinados a emigrar, con extensos trayectos, a un cuerpo liberado de los suyos, inservibles, o sin saber sanar de otra manera.

Un ulterior paso de la Medicina para volverse árbitro absoluto de la vida y de la muerte está así en camino de cumplirse. Todas las legislaciones se están adecuando. El ídolo comanda y debe ser servido rápido. El mito, aquí, a ser recordado, es el del Minotauro.

Restan algunos años todavía para este increíble fin de siglo, el más crucial de todos, y no nos quedará para entonces ninguna ley fuera de la manipulación, ya de las células vivientes, ya de los cuerpos declarados –con febril retroceso de los confines éticos y conceptuales alrededor del ser muertos– útilmente muertos.

Me pregunto todavía cómo podrán ser detenidas las organizaciones criminales dispuestas a servir a las clínicas sepultadas en el verde cuerpos tiernos y jóvenes sacrificados convenientemente, aquí y allá, tiniebla sobre tiniebla, en el mundo más pobre e indefenso, en base a la demanda (creciente) del mercado, de endemoniados purísimos, que se servirán, para sus operaciones de muerte, de contabilidad electrónica y de otros médicos, rotos como los de Petiot en sus matanzas.

Esto podría resultar un tráfico casi tolerado, más bien, como el de las drogas sobre el cual el mal tiene el gobierno absoluto, apenas disturbado por modestas persecuciones legales, y no alcanzaría a imaginármelo si no se supiese que tales hechos ya ocurren, tras una gris cortina móvil de sangre...

Vendrá una hora en la cual la Medicina Moderna habrá vencido la muerte –la mortalidad que es la esencia del ser del hombre.

Por sesenta interminables minutos, en toda la tierra habitada, en una competencia jamás vista de tinieblas, habrá un tremendo silencio. Ninguno estará exultante, todos serán, por una hora, prisioneros de la vida, materialmente a-mortales, sin embargo no (esto jamás) Dii immortales, entre voces norteamericanas y pontificias que se entrecruzan y cascan. Será el verdadero, el supremo corazón de la tiniebla.

 

 

 Traducción del original italiano: Sergio Cecchetto

Il silenzio del corpo. Materiali per studio di medicina. Milano, Adelphi, 1994, 6ta. edizione. Poscritto per la quinta edizione: 215-227