El Barrio Cibelli (carta a Juanito)

 

  

Porque quizás no recuerde bien, pero olvido peor.

 

Por Hugo Vázquez

 

 

Un barrio puede ser un barrio, pero también puede ser el mundo, el universo o un territorio aún más extenso e inabarcable.

De aquel yo que era entonces seguramente queda algo en este yo que soy ahora, aunque no puedo saber cuanto de lo que voy a confesarte lo ha inventado aquel yo, y cuanto es una interpretación errónea de este.

Lo cierto es que aquel barrio era mi territorio (nuestro territorio) hace treinta años atrás y de alguna manera todavía hoy, a pesar del tiempo transcurrido, muchas veces descubro olores, sobre todo olores, de aquel universo en esta ciudad.

Cuando llegué al Cibelli tenía siete años, había vivido hasta entonces en la casa de mis abuelos maternos en calle Sarmiento frente a la estación de trenes. Inmediatamente supe que llegaba a otro mundo, lo que no podía saber era hasta qué punto su impronta me acompañaría toda la vida.

El primer día los pibes mayores organizaron para el recién llegado el rito de iniciación: un combate de box en el que te eligieron mi contrincante. Eras por entonces un gordito bastante más petiso que yo, de mirada ladina y risita socarrona. Me sorprendió que parecieras ansioso y feliz por la elección. Comencé el combate canchereando, te llevaba más de una cabeza y te creí pan comido. Al tercer sopapo supe que el tiempo de ventaja que me llevabas de residencia en el barrio no se equiparaba con veinte centímetros de superioridad en estatura. La sentencia del “jurado” fue contundente, habías ganado por decisión unánime.

Recuerdo que aquella tarde lloré de rabia entre las sábanas mojadas que mi vieja había tendido en el patio. Fue la primera vez que tuve que tragarme el orgullo, pero no la última. La porfía con vos duró hasta la adolescencia y no sólo la dirimimos con los puños en incontables agarradas, donde la suerte se volcó para uno y otro lado con bastante equidad, sino que además fue futbolística. Los dos éramos bastante buenos en eso de darle a la redonda un trato de princesa, lo que nos valió liderar sendos equipos de rivalidad acérrima. Jamás lo hubiese reconocido entonces, pero había aprendido a quererte y respetarte mucho antes de aquel día en que me amasijé con el “Pintura” por defenderte.

Vos nunca te fuiste del barrio pero como a mí, seguramente te cueste recorrerlo sin sentir que algo se perdió para siempre. No sólo las casas cambiaron Juano, el nuestro fue un mundo de casas iguales, postal de obreros y empleados, hoy algunas se embellecieron demasiado, jactancia imperdonable para aquella raza que miraba al centro como a un país extranjero. El nuestro era un barco a la deriva en medio de un océano de pasto, una isla donde la niñez era una causa común, la utopía en pantalones cortos explotando cada noche de todos los diciembres. Jugar era transpirar colectivamente y la felicidad se parecía demasiado a la complicidad.

El nuestro era un orbe que traccionaba a sangre, se recorría en bicicleta y el cielo terminaba en el canal junto a las vías. Hoy el barrio perdió identidad, se mimetizó con el centro, los potreros son fotos fantasmagóricas de una época pasada, hoy hay demasiados jardines impecables y las viejas ya no putean porque el malón le pisa el césped.  

Qué sé yo, ni mejor ni peor, diferente y sin remedio, como los años que se suman Juanito.       

Tal vez no haya vaticinio peor que sorprenderse extrañando y no sé si te pasa, pero a mí sí. Añoro a gente que vivió en aquel barrio y aún vive o se murió viviendo allí. Mi vieja por ejemplo y sus sábados de ventanas abiertas, sus mates en la cama y el olor a tuco invadiendo la casa. Amigos, hermanos con los que nos criamos y de los que me fui alejando con la misma naturalidad con la que los quería. A veces me pregunto si ellos también se habrán ido o permanecerán aún en el barrio esperando mi regreso. Tal vez crean que yo no quiero volver y por eso cuando los cruzo por las calles de esta ciudad apenas me saludan. Si pudiera les diría que no me he olvidado, que cuando quieran hablo con vos y reeditamos los clásicos a muerte en la canchita de Urquiza, pero mi lengua hoy habla otro idioma, soy un inmigrante, un perro que se alejó demasiado de su casa, un hombre.

Aquí en el centro encontré el amor y la amistad (otra forma que me recuerda y no a la del barrio), hoy tengo cosas para perder que el barrio no me ofrecía y cosas que quedaron en el barrio que el centro jamás tendrá.

Aquí, el sol no sale como en el barrio Juanito, aquí todo se parece demasiado a la muerte o la presagia. Aquí los días son más cortos y duelen distinto y es posible ver al mundo descascarándose en cada esquina o al viejo que seré rumiando el fracaso en la plaza.

Lo intenté mil veces pero te juro Juanito que desde acá no es posible el regreso, ya no están los límites, ni los recovecos, ni los escondites. Ya no están las esquinas dónde se medían los guapos, ya no huelen sus calles a mandarinas robadas, ya nadie se atreve a patear sapos las noches de verano y ningún pibe espía a Lucía desnuda en la pelopincho.

Sabés Juanito, sólo lo nimio tiene explicación, la vida se parece demasiado a una víbora sin cola y sin cabeza.

Se acabó la magia Juanito.

Ya nadie nos gritará para que entremos a dormir la siesta.