Cuando Paco cabalgó los perros ladraron

 

  

por Carlos Italiano (*)

 

La literatura ofrece sin dudas un proceso de síntesis y de análisis de gestación contemporánea y por medio de los cuales es posible leer la realidad desde las dos caras del espejo que nos muestra. Obviamente esto es posible con la literatura destinada a trasponer los límites de su propia naturaleza para ingresar al servicio de la historia, de la sociología, de la psicología y a su vez cimentarse y justificarse en las mismas.

Síntesis y análisis recorridos por una estética definidamente propia y absolutamente emotiva, es la literatura de Francisco (Paco) Urondo, el santafesino que nacido en 1930 decidió sobre su propia suerte ingiriendo cianuro ante la inmimencia de ser apresado por los sicarios de la dictadura un día de junio de 1976. Paco Urondo pudo terminar con su propia vida, pero la historia y las letras le deparaban un lugar aparte en la memoria.

En esa tarde mendocina de Guaymallen la voz de Urondo se estrelló por última vez contra el crepúsculo y la balacera de los represores, pero al mismo tiempo la historia haría del él un y de Alicia –su compañera– dos de los tantos desaparecidos, de su hijita Ángela, una huérfana posteriormente rescatada por la familia, de la Turca (una compañera de militancia) un testigo que ingresó al dolor de los vivos muertos. Eso trazó la historia que lo une a Walsh, a Conti, a tantos que como él sostuvieron estas palabras suyas : "Empuñé un arma porque busco la palabra justa".

   Abordar la literatura de Paco Urondo es proponerse un tránsito por la sensibilidad destellante del escritor que vivió desde la piel y desde el grito cada caída y cada éxtasis como si cada una de sus experiencias estuvieran destinadas a permanecer entre las páginas, pero con las puertas y ventanas abiertas de par en par para seguir intercambiando luces y sombras con la realidad cotidiana e histórica. Escribe Urondo en Bar La Calesita (de Historia Antigua - 1956 )

Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombres enrarecidos por distintos problemas. Es una
gran linterna mágica.

Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.

Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.

El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.

 

El marco ciudadano y costumbrista que ofrece el bar La calesita (que no en vano girará sobre una realidad casi inmutable ante cada vuelta) encierra a este hombre que todo lo puede ver, sentir y presentir desde un punto que es visible en su apariencia y profundamente íntimo, recóndito, en sus apreciaciones: El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta. Es una afirmación desconsolada, son palabras que caen como llovidas de un saber trabajoso, cotidiano, amargo y cruel en su textura de sonríe y llora, incomprensible, pero real en la continuidad de una fiesta donde los encuentros son bulliciosos y siempre enmascarados. Este poema de Urondo nos propone un punto de vista, una situación de análisis, una sensibilidad que monitorea pasado y presente en el devenir de historias prácticamente consabidas en sus desenlaces. Allí Urondo se deshace entre los vivos, pero se rehace en el verso tenso, abreviado y sabio que va cantando para siempre una historia: la propia y la de todos. El anónimo célebre de sus versos va agigantando sus dimensiones a medida que se convierte en la imagen de cada uno con independencia de las vicisitudes de la vida particular de cada uno. Paco descubre y delinea un ser de todos  –por lo menos de todos los argentinos – con alma sedienta y sensual que va abriéndose paso en la vida como puede y con el sólo cometido de un momento de plenitud. Sus versos en Bola de sin manija (de Nombres- 1963 ), perpetúan este aliento de destino ciego que envuelve al quijote de la vida :

///

puedo ir para un lado
puedo ir para otro lado
encontrar estuarios pálidos cisnes quietos
buques mansos que como a las nubes
me llevan de un lado para otro lado

////

puedo reír y cantar
divertir a la gente
y esperar a que todos estén completamente locos
y ya no parezca tan divertido

/////

puedo tener rasgos bondadosos
arranques de conmovedora caridad
puedo echarme a perder
o tener más hijos como si ofreciera
el más estupendo y bonito de los mundos posibles

/////

puedo emborracharme aquí o en el extranjero
y caer exhausto en la turgencia de un muslo
o en el filo de una dudosa alcantarilla

/////

Este puedo de Urondo es más bien un es posible, un puede ser que, que lo encuentran siempre dispuesto a dar una cara –alguna– a los embates y a las dichas, a la locura y al amor, al cuerpo y al alma cuando se presentan en la forma de alguien, y al tiempo y al espacio más cercanos o impensables. Allí siempre estará ese ser que vino a vivir y lo está haciendo como puede, pero con absoluto y sabio oficio.

La literatura que generó Paco Urondo surca en todos los sentidos la pampa y el ande del alma humana, sube y baja por ríos tormentosos y se insinúa en los ecos mágicos que se desgranan en la vasta soledad de su reflexión poética. Es así que puede traspasar con voz rebelde y contestataria, con el brazo en alto, el aire y el suelo de una suma de pacosurondo prisioneros del maleficio de los dictadores que desde su nacimiento (1930) hasta su muerte (1976) se habían turnado en la opresión fascista. Urondo es un haz de luz sangrienta, una vida que se eterniza en la muerte del otro (y aún con su propia muerte), es un ave feroz en la jaula donde el cielo es amenazado de ser convertido en un simple sueño. Desde esta posición escribirá

 

Cárcel del Pueblo

ciudadano de la clase 39/ factor rh negativo / comunica
a la división de /investigaciones policiales
antidemocráticas /haber descubierto una cárcel del/
pueblo /esta ubicada cerca de mi casa /es la villa
miseria/ a la que da su espalda/ la manufacturera
algodonera/ argentina /sociedad anónima.

Versos que van ensamblarse en un canto sin solución de continuidad hasta su muerte y que se unirán no a un mero lamento, sino a un rugido que se convierte en fuerza desde la impotencia, que por algo se escribe, se publica y se lee; que más allá de su cincelado dolor y su cuna trágica, es un desafío que desata la ira del lector con apenas rozarle la vista. En el mismo tenor se inscribe,

Mi Tierra Querida

                     

Ya es hora de perder/ la inocencia, ese / estupor de
las criaturas que todavía / no pudieron hacerse cargo/
de la memoria / del mundo al que recién nacieron.//
Pero nosotros, hombres / grandes ya, podemos olvidar,
sabemos / perfectamente qué tendríamos/ que hacer para
dañar/ el presente, para romperlo.// Aquí nadie/ tiene

derecho a distraerse, / a estar asustado, a rozar / la
indignación, a exclamar su sorpresa.

 

La acusación no es tan contundente como la delimitación indeleble de la necesidad histórica que convoca. Los males a soportar son minimizados ante la monumental responsabilidad de enfrentarlos: Aquí nadie/ tiene derecho a distraerse, / a estar asustado, a rozar / la
indignación, a exclamar su sorpresa.
La arenga, más que clara y precisa se graba a fuego, se hace omnipresente. Los versos ligados por barras ofrecen a estos poemas un andamiaje de ritmos caprichosos, de pasos sostenidos en una sola marcha que no distrae la versificación del canto, de verdades sueltas y amarradas, independientes en sí mismas, pero componentes de una sola idea que multiplica el impacto final de la lectura.

La vida y la muerte como dos aristas de irreconciliable trayecto podrán unirse en el sentido último de cada una: nadie vive sin conciencia de muerte y nadie muere sin haber vivido. Allí dialogan los dos grandes mitos de la existencia humana y Paco Urondo les ofrece un espacio consagrado: su verso de fuerza ineludible, a veces brisa, a veces tifón, pero fuerza al fin que penetra y traspasa el sentido de la existencia. Así, podemos sondear en la poesía de Urondo el pulso de la vida expuesta y de la muerte merodeadora como dos expresiones concretas de una sola convicción: el motivo de cada una. Su suicidio repentino para no caer en manos de las fuerzas fascistas de la dictadura del '76 es en sí un canto a la vida, una caricia de amor a la existencia digna y libre que había cantando en sus versos, un seguir siendo antes que un dejar de ser.

La muerte en el poema Algo se manifiesta en su totalidad monolítica de mundo silenciado:

 Con tu muerte
algo vendrá
algo que jamás sacudió
tu conciencia
////

vendrá algo sin vínculos
una lluvia sin pasado
sin gestos censurables
o bondadosos
////

no habrá estaciones
ni pájaros
ni trenes
ni alcohol
ni sangre penosa que aguantar

////

Pero aún así, consciente de ese impacto ciego, la vida queda sacralizada en lo que bien podría llamarse el testamento de la poesía de Urondo: La pura verdad ( de " Del otro lado" - 1967 )  concebido más allá de la tragedia y el dolor, más allá de los miedos y las miserias que nos roen y, apostado en la magnífica roca de una vida que por lo menos tuvo intención y condición de lucha digna ante las adversidades, se labra en letras que van dictándole el alma de Paco al alma de todos hasta que sobreviene la sabiduría del ser por el sólo hecho de haber siempre sido.

 La pura verdad

 Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

 

Y a esto, ya no hay nada más que agregar.