Ortiz: la muerte de un clandestino

 

  

 

Así describe Miguel Bonasso en su Diario de un Clandestino (1), la noticia de la muerte de su compañero de militancia y trabajo:

 

(Junio de 1976)

Suenan los timbrazos convenidos, observo por la mirilla y no me gusta lo que veo: es la Cabezona Vicky Walsh y viene llorando. Ella, que es tan dura como su padre.

–Lo mataron a Ortiz –dice mientras entra, con su beba en brazos.

Ortiz es el nombre de guerra de mi amigo y antiguo jefe, Francisco Paco Urondo. Cierro la puerta del “estudio jurídico” y me abrazo con Vicky. Me cuesta relacionar la frase “lo mataron a Ortiz” con algunas imágenes: la cabeza en forma de barco de Paco, típicamente euskalduna; Paco morfando con gula ancestral en El Pulpito; el poeta que conocí en mi adolescencia en la peña intelectualosa de El Ciervo, cuando él (diez años mayor) era ya subsecretario de Cultura en Santa Fe; Paco caminando con su amigo Julio Cortázar junto al puente de la calle Soler; Paco saliendo libre, con otros combatientes, la noche del 25 de mayo de 1973; Paco, Juan Gelman y yo puteando porque se rompe el papel en la Harris de Fabril Financiera y nuestro diario Noticias corre el riesgo de hundirse; Paco dándome duro para convertirme en un militante duro, como había llegado a serlo él mismo; Paco riéndose a carcajadas de la creatividad para el furcio de Goyito Levenson o recordando, alguna madrugada, “la otra vida”, aquella bohemia de San Telmo que vivió con Zulema Katz, antes de que llegara la hora de los hornos. Paco también, muy serio, diciéndome en el jardín de Moldes: “cuando veamos crecer las lechugas desde abajo”.

La última vez que lo vi fue de pura casualidad, en la esquina de Riobamba y Corrientes. Paco estaba con Alicia y la beba en una furgoneta Citroën y se bajó para charlar un rato conmigo. Bromeamos, como siempre, sobre lo vascos y brutos que éramos los dos. “Qué dices, bestia”, fue, como siempre, la contraseña. Cuando se percató de que llevábamos más de diez minutos en semejante esquina me dijo: “Creo que tenemos que separarnos porque esto ya es una grosería. Si nos ven, no nos van a levantar porque no van a creer que somos nosotros.”

Paco era Ortiz por su admirado Juan Ele, con quien compartía poesía y Litoral. Además es mejor llamarse con un apellido que con un nombre de pila. Más apropiado para un hombre grande, de cuarenta y seis años, como Paco. El Nono, como le decíamos, porque su hija Josefina ya lo había hecho abuelo. Y apenas un año atrás el Nono se había puesto a competir con su hija y le había hecho una nena a su última compañera, Alicia Raboy, que era veinte años más joven. El romance del Paco y la Alicia (Lucía, según su nombre de guerra) había empezado justamente en Noticias, donde la compañera tenía a su cargo la sección gremiales. En una de esas reuniones de ámbito en donde discutimos hasta los calzones que llevamos puestos, analizamos si era correcto o no que la Orga lo hubiera sancionado por haberse metido con Lucía cuando todavía no había roto su relación anterior con Lily, otra compañera muy valiosa y querida por todos los presentes. Hubo una áspera discusión entre «liberales» y «moralizadores» y estos últimos llegaron a enarbolar el artículo 16 del Código Montonero, que pena con degradación y arresto la infidelidad conyugal. Ahora todo eso resulta paja barrida por el ventarrón. Paco y Alicia habían consolidado su pareja, la habían proyectado hacia delante con una beba preciosa, negando con esa actitud vital esta encrucijada, esta cita envenenada en una esquina de Mendoza.

Vicky explica que se tomó la pastilla y que Alicia y la bebita cayeron en manos de la cana mendocina. Luego me extiende un papel con un número telefónico. Debo llamar a la familia de Alicia para avisar que se llevaron a la beba junto con la madre y tienen que reclamarla para que no se la queden los canas. Salgo del edificio en pos de un teléfono público. Me gusta el de un bar que está lleno de gente. Por suerte funciona. Marco, atienden y desde el “hola” comprendo que ya conocen la noticia. Digo lo de la nena. La voz asiente, agradece y pregunta:

–¿Quién habla?

–Un compañero de Alicia –respondo–. Hay un silencio espeso. Me despido y cuelgo antes de que la llamada sea detectada. Entre las charlas de los parroquianos y el estrépito de la máquina express ningún curioso indeseable ha podido escuchar la palabreja de marras. En las mesas más cercanas charlan dos vendedores y unos jubilados juegan al dominó.

Tengo los ojos secos, la garganta seca y un sollozo seco en el plexo que va a quedarse encerrado. La muerte ya no es algo ajeno: se está llevando a los más cercanos.

En los días que siguen voy conociendo detalles: Paco viajaba con Lucía, la nena y una compañera en un Renault 6. Cayeron en una cita cantada, los persiguieron, hubo un tiroteo. Lucía puso a la beba en el piso para protegerla de los tiros. Ortiz y la compañera que viajaba con ellos fueron heridos. Paco se tomó la pastilla de cianuro y detuvo el auto, para que bajaran las mujeres, que salieron corriendo. Lucía lo hizo, desgraciadamente, hacia el lado donde estaban los milicos. La otra compañera (la Turca) logró zafar y fue la que contó la historia al Partido. Su propia fuga, herida en una pierna, y su llegada a Buenos Aires, constituyen una verdadera epopeya [...]